11:00 p.m. 1:30 a.m.

viernes 27 de noviembre de 2009

Claro que después de esta noche
la cerveza tendría un sabor distinto,
algo más metálico y también de vaso sucio.
Por si quedaba alguna duda tocó su cara
como se toca un espejo roto, los días
que no terminan bien nunca terminan

y esta noche aún movía su rabo
como escondiéndose debajo de una piedra.
Claro que antes todo había sido distinto
y entonces no eran los gatos del tejado
más que cometas que depositó el viento,
había bebido un poco y se movía desde la niebla,
con esquirlas blandas en los ojos

y una propensión desnuda al beso.
Claro que después alguien derramaría algunas gotas
y no de lluvia y dentro de los zapatos
empezó a hacer frío. Siempre las muecas
con el rímel corrido quedan mal
pero a veces trazan el perfil de uno mismo
y es peor. Por si acaso miró sus manos
y encontró una burbuja que pesaba un poco,
como un anillo que quiere evitarse.

Claro que antes no lo había observado
y por eso las paredes tenían un tacto suave,
el sillón tenía un tacto suave,
la piel no pero nadie se fija en eso a no ser
que tenga un sonido de navaja o que aparezca

un poco de barro en el filo de las mantas.

A pesar de todo, el espacio que deja la incertidumbre
lo llena la propia incertidumbre,
(a veces también el eco de dos copas chocando).
Claro que después tendría que dar explicaciones,
no bajo la tensa luz de unos focos,
hoy es todo más sencillo, más bien alejado en sombra,

pero quién entiende los objetos clandestinos,
las palabras clandestinas, los rostros que se miran
tanto rato que al final dejan de verse.
Claro que mucho antes había visto caer su rostro
como quien deshace una cama y para no ser tarde
el invierno que dentro no era

dejaba gotas de rocío en la ventana.
Es entonces cuando pensó que tal vez
pero después se dijo no, y debajo de sus pies
un hilillo de tristeza orilló una copa vaciada en el suelo.
Claro que después alguien apagaría la luna
y los gatos ya eran gatos aunque no huyeron.
Debajo de unas manos se formó despacio un silencio
de puertas cerradas y globos con agujeros

y se quedó ahí, mirando a la noche
que también sabe estar callada si hace falta,
viendo cómo una brisa balanceaba la ropa
que cuelga a veces frágil de los tendederos,
casi siempre con nosotros dentro.

4:00 a.m.

martes 24 de noviembre de 2009

Dudaba como dudan las alfombras. Quedó desnuda al borde de la bañera, hizo un ovillo con la resaca y dejó que rodara sin consignas, apenándose un poco en los vértices. La cuchilla tenía un filo de araña, circundado por una pátina amarilla de hielo romo. En la habitación se escucharon toses y tres o cuatro cigarros echaron de pronto a volar con un ruido de insecto quemado. La tos número uno quedó desmayada en el gabán, la tos número dos inició una espiral mística y dobló triunfal las toallas. La tos número tres torció el gesto y los umbrales y se metió en su boca dejándole un sabor a pene vacío, a cocina extraña. De pronto, tal vez ayudada por unas zapatillas que de pronto y desde lejos imitaban a una lija, fue como si la duda hubiera encallecido y encanecido y vomitó sobre sí misma con sumo cuidado. Y aparcó a la chica desnuda dentro de la bañera, sin cuchilla y sin pena. Sin ganas.

Maquillaje

miércoles 18 de noviembre de 2009

de repente se sienta
una sala de espera es igual que un andén
igual que un billete de ida con fecha equivocada

coloca recto el abrigo el bolso a su derecha
en el suelo
-queda un poco de lado con el descuido
de una nota de despedida
valora despacio el silencio después llega un perfume
como un sobre delgado

se posa dulcemente en el periódico
página treinta y cinco noticias inter
nacionales el mundo entero arde en sus ojos
retrocede en su límite
y tiembla
con el rencor de los desposeídos

se mueve un poco incómoda el bolso a su lado
como un cajón que guarda una pistola

cuando te mire -lo hará
con todo el cuerpo
también con las preguntas con el vacío
que precede a la ropa interior
y a las palabras-

aparecerá en el tiempo un fugaz maquillaje
que una mano aplica
con fingida destreza

La pecera

miércoles 11 de noviembre de 2009

Se posa como un anillo en el agua.
Desde el cristal (una frontera invisible
o el frío que sucede después de un despertar
lejano), los mira arrebatados, besándose,
bebiéndose la sed y un poco a oscuras.

En la esquina un gabán parece dormido
y frota con un dedo que no existe
las gotas de lluvia que empiezan a secarse.

Llegan las palabras como espejos deformes,
y entre ellas, el silencio es un camino
con los ojos cerrados, la línea imaginaria
que trazan a veces los puntos suspensivos.

Dentro del agua el silencio se hace marítimo,
verdades calladas.

Así puede verlos y oírlos sin reparar apenas
en las piedras artificiales, en un barco duro
que yace en el fondo del agua como un zapato.

Después, cuando ya se han ido y la casa
es un cadáver que dormita, cuando se desperezan
los muebles y corrigen sus posturas,

queda junto al cristal moviéndose en el brillo.
Igual que el humo, quiebra curvas invisibles
que duran lo mismo que palomas blancas,
un instante de serpentina en la casa vacía.

Desde aquí tiene todo una mirada de gafas blandas,
también las plantas artificiales, inútiles adornos
que juegan caprichosamente a su modo.

El aire, con un sabor a tabaco mojado,
le duele porque no es suyo, colmado de un perfume
que reposa en el sofá, desnudo de la piel
y del vértigo del sudor en el dormitorio.

Le duelen los fantasmas que hay tras el cristal,
tras cada puerta pues las puertas solo sirven
para guardar el miedo.

Más tarde, el gabán ya plegado en un sueño
inquieto, desde el agua (como un frasco de mar
con ola dentro) los ve regresar cansados,
besándose con la sed de los náufragos,
mordiendo la soledad pegada en la luz
de las lámparas.

El tiempo, desde este lugar, es un impermeable
con arrugas. Sucede con distancia
porque busca siempre cuerpos desprevenidos,
entregados a la tarea de no ser solo recuerdos.

Pero desde el agua, desde los ojos también,
los relojes parecen recipientes vacíos
y el amanecer una postal en blanco y negro.

Los ve dormir aunque no pueden dormir,
tocándose aún con la soledad que los arrastra,
desnudos pero no del todo. Respirando
porque también algunos peces respiran.

Hay un poco de escarcha en el borde
de la pecera, pero no son lágrimas.

Leche condensada

jueves 5 de noviembre de 2009

Abro el mueble bar y no hay nada. Nada de lo que yo estoy buscando. Mi madre esconde el bote de leche condensada para que yo no lo encuentre. Busco en el armario de la ropa y tampoco hay nada, solo las botellas de ginebra que guarda mi padre para que nadie pueda quitárselas. En un cajón de la mesilla de noche encuentro la pistola que mi hermano esconde desde que se hizo skin, pero la leche condensada no aparece. Miro en el trastero y solo hay objetos robados, una radio, una tele, ordenadores ocultos tras cajas bien disimuladas. Pregunto a mi hermana pero no me contesta, como siempre. Revuelvo en su habitación, en su joyero hay pastillas y hachís, pero no leche condensada. Miro debajo de la cama de mis padres y encuentro un hombre escondido, semidesnudo. Le pregunto si sabe algo de la leche condensada que guarda mi madre. Tras pensarlo un momento sonríe, pero tampoco suelta prenda. Aburrido, decido esperar a la merienda, con la esperanza de que mi madre rellene con ella el bollo que me da. Aparece mi hermana con los ojos rojos, mi hermano ha salido, mi padre llega oliendo a ginebra. Miro a mi madre, con la carita sonrosada, y me ofrece un bocadillo de mortadela. Le pregunto dónde está la leche condensada. Me observa despacio y responde:
- Este niño es tonto-, mientras, abre el frigorífico y saca la leche condensada- ¿dónde va a estar? En su sitio, como todo.
Como todo.

Orden de derribo

jueves 29 de octubre de 2009

a la mañana siguiente aparecen los despojos
la cara demasiado pintada
el humo de los bares todavía
sonando en el pecho con un ritmo desafinado
caminas delante de mí como tantas veces
me dices un hombre que vomita es un gallo que canta

tienes la nota de un piano sobre el párpado derecho
y unos ojos que dibujó un niño
abandonado

me dices el calor en el baño de las chicas
nos acariciaba los muslos con las manos

los primeros autobuses le ponen un acento
acostumbrado al día
no sé por qué no te encontré una vez más
al caer la tarde
o tal vez mañana
cuando levanten el vuelo las palabras laborables
y los charcos se tiren de nuevo
a los pies de las autopistas como alegres suicidas
y no me haga tanto daño la luz ni la bebida
la costumbre que tengo de esconderme
como lo hacen algunas sombras
cuando barren las viejas los portales

camino como siempre detrás de ti
me rozas un poco con tu abrigo y alguien
-tal vez yo durante un instante y en otro invierno-
rompe el tacón de tus piernas
con un gesto afortunado
te lame las miradas que te quedan por encima del sueño
y se bate en retirada

me dices un hombre que no ama es una orden de derribo
y me dejas tan despacio –muñeca que se olvida
cada día solo un poco- que casi no se nota

(algunos vendedores de periódicos
sin sombrero y con un reflejo rojo

encendido en los semáforos
fechan el día

hace frío
por ahora

el olor a pan de las tiendas que abren
es mi único aliado).

Una de vaqueros

jueves 22 de octubre de 2009

atraviesas mis prados
y te tumbas a mi sombra

y vienes a beber el agua fresca
de mis fuentes que palpitan

la hierba crece toda para ti

mi amor
o eres una vaca o te amo demasiado.

jueves 15 de octubre de 2009

Me parece que acabo de ver un ovni. Estaba yo tumbado (ustedes dirán, pues como siempre, no tiene nada de extraño. Pero no, esta vez era por una noble causa, mi barriga lleva unas dos semanas creciendo al ritmo del ascenso del número de parados y trataba yo de hacerle entrar en razón y también en los últimos agujeros de la correa con dos o tres abdominales); el caso es que en uno de los interminables descansos yacía boca arriba en la terraza de mi piso cuando me quedé mirando una estrella que había justo encima. La visión de las estrellas siempre nos hace pensar cosas profundas cuando estás solo e intentar coger una teta cuando no lo estás. Yo no tenía ninguna teta a mano así que meditaba: qué lejos está, cuánto brilla, mira que si se cayera, cosas filosóficas de esas. Cuando de repente vi que a unos 50 centímetros de donde se posaban mis ojos (en distancias astronómicas creo que es algo más. Y por si alguien que me lea es piloto de aeroplanos bélicos más o menos a las dos en punto) me sorprendió la visión de otra estrella cuya luz era mucho más intensa. Anda, me dije, cómo no la he visto antes, esto debe de ser un planeta (por qué será que todos, cuando miramos al cielo y vemos algo muy brillante pensamos que es un planeta. A veces lo pensamos hasta de las farolas). Para mi sorpresa y la de ustedes ese planeta se movía, y me dije: Anda, un avión incendiado (por qué será que todo lo que brilla y se mueve por el cielo es un avión, sobre todo si parpadea). Pero este no parpadeaba y se fue haciendo cada vez más y más pequeñito hasta que se quedó en nada y yo me quedé con cara de tonto. Cuando todo se acaba es cuando te entran las dudas (no estoy ahora hablando de sexo, aunque también vale) y yo pensaba: ¿me habrá jugado una mala pasada la vista? ¿me habré desmayado un momento y lo he soñado? ¿será una de esas estrellitas que vi justo después de intentar hacer el primer ejercicio? Nada de eso, estoy seguro. He visto un ovni.
Todas las veces que he visto un ovni (no han sido muchas, cinco o seis, sin contar, claro, los efímeros novios que mi hermana traía a casa y que de inmediato, nada más verme con la escopeta, salían volando por el balcón) me he preguntado cómo vivirán en su mundo, si tendrán razas y de qué colores, cómo se reproducirán, si se pondrán ropa de marca. Hoy me he preguntado si también a los machos extraterrestres les molestará tanto bajar la basura. De hecho sabes si un hombre es muy hombre si odia bajar la basura (ni que decir tiene que yo lo detesto). Mientras más lo odies, más machote. Es más, lo peor de todo no es tener que bajar la basura sino estar obligado a poner una bolsa nueva después. Es casi traumático. A veces pasan días y soy incapaz de poner la bolsa nueva. Intento entonces por todos los medios no generar desperdicios. Es duro tener que comerte los huesos de las peras, las cáscaras de los huevos, la piel de los plátanos, el arroz del que ya estás harto, los malos poemas. Pero más duro es tener que poner la irremediable bolsa. Me pregunto si los extraterrestres tendrán una explicación a tan extraño fenómeno, si es que ellos son tan guarros como los humanos. A lo mejor han realizado más avances que nosotros en cuestión de teletransporte y la basura se va sola al lugar ese donde reposan las porquerías. No sé, en esas cosas tan importantes pienso.
Por otro lado, la lluvia que no cae no acaba de limpiar el verano y el bixo, que de gotas de agua sabe mucho, está empezando a sustituirlas por notas musicales.
Anda, si me aligero queda mi ropa caminando detrás como una sombra coloreada, qué curioso.

Sueño

domingo 4 de octubre de 2009

Empezó en el metro de Madrid, en una joven estudiante de tercer curso de medicina que había dormido poco preparando el examen de anatomía. Una anciana que iba a visitar a su nieto enfermo y esa mañana había madrugado la miraba con ternura. De la anciana pasó, recorriendo el vagón de norte a sur, por un ejecutivo de una compañía telefónica, por una madre y su hija que iban al médico y por dos divorciados que volvían de una noche de juerga, después se paró un segundo hasta dar con dos turistas ingleses que estaban a punto de bajar en Atocha y prendió en el andén sobre una argentina que empezaba a tocar el violín como todas las mañanas. No fue difícil subir las escaleras mecánicas con los seis jóvenes que todavía celebraban la victoria de su equipo desde la noche antes. Ya en la calle pareció morir, pero se agarró de reojo y casi de milagro a un albañil que rápidamente lo dejó en el quiosco donde tres hombres mayores y una puta compraban sendos periódicos y una tableta de chicles. De la puta pasó sin dificultad al quiosquero y a doce aburridos señores que tomaban café en el bar de la esquina. A partir de aquí se bifurca, pero seguiremos a uno de ellos que acababa de pagar y salió en dirección opuesta a la estación de tren, donde se cruzó con un autobús del inserso que en ese momento estaba a punto de descargar cuarenta y tres exhaustos ancianos en la puerta de la estación. No fue difícil que prendiera en la estación, bifurcado en dos ramas principales. Una de ellas murió cuando al pasar delante de un joven de veinte años, este volvió la cabeza para observar el trasero de una inmigrante brasileña que limpiaba la cristalera en una tienda de regalos. La otra rama saltó desde una joven promesa del toreo parado en el andén número cuatro hasta un vendedor de jabones que llegaba en un tren de Zaragoza. De ahí pasó con una fugaz mirada a la azafata que comprobaba los billetes en el Ave de las 9,30 con dirección a Sevilla. A partir de aquí sucedió lo inexplicable. Nadie podría imaginar que llegara a Sevilla, teniendo en cuenta que solo son más o menos cuatrocientos pasajeros en tres horas de trayecto. Pero ocurrió el milagro. A intervalos de unos diez segundos fue pasando de uno a otro hasta casi morir en el maquinista en el momento de estacionar en Ciudad Real. El maquinista fue visto por un anciano que todas las mañanas se sentaba en un banco de la estación a ver pasar los trenes y de ahí saltó a un taxista que acababa de dejar a un cliente. Para no cansar demasiado diremos que se dio una vuelta por la ciudad para regresar a la estación a lomos de una exuberante asesora de imagen de una marca de cosméticos. Entró en el Ave de las 11,26 con dirección a Córdoba y Sevilla. Al llegar a Córdoba visitó la mezquita con un grupo de finlandeses jubilados y regresó para tomar el ave de las 14,02 junto a un concejal de izquierda unida que viajaba a Sevilla para una manifestación contra el despido libre. Finalmente, después de casi morir sobre dos personas que tuvieron que repetir entrando en la estación de Santa Justa, se colocó sobre un soldado de permiso que subía las escaleras mecánicas para encontrarse con su novia. En la sala de espera volvió a prender con fuerza en varias direcciones. Nos interesa la dependienta que acababa de terminar su turno y salía cansada por la puerta norte. De allí llegó no sin dificultades a un cercano campo de fútbol donde recorrió las gradas como una ola pequeñita para seguir, siempre en dirección norte, a lomos de un ciclista primero, de un motorista después y por último del conductor de Tussan de la línea doce. En el primer semáforo casi se durmió en el negro que vendía pañuelos de papel. Saltó con pereza a un coche que torció a la derecha y se quedó caminando con cuatro mujeres que charlaban en dirección al parque de Miraflores. Allí entró en el bloque 51 de la mano de un niño con muletas que se encontró al entrar en el ascensor con tres vecinos. El último que se bajó era mi hermana, en el piso octavo, a la que abrí en el momento justo para que saltara sobre mí mientras hablaba por teléfono con mi novia, estudiante de tercer curso de Medicina y que esa mañana acababa de hacer un examen de anatomía. Sobre mí duró lo que duran todos los bostezos, casi nada.

Apagón

domingo 27 de septiembre de 2009

Cómo voy a entender
cada vez que estoy a dos velas
que tú me digas: apaga y vámonos

y te marches y me dejes solo

cómo voy a entender cuando eso ocurre
que el amor brille

aunque sea por tu ausencia.

Aviones

lunes 21 de septiembre de 2009

tienes toda la razón y es de noche
y ladra un perro por detrás de la niebla
en estos momentos me queda la urgencia
de sentirte desnuda
a pesar del frío y las farolas
y el cansancio que llega como una bala intermitente

más tarde te diré que en mi cabeza hay disturbios
y suenan a menudo las sirenas
y tú te pondrás despacio
como siempre la ropa
para que me duela un poco irte perdiendo

haces siempre lo mismo y me gusta
porque nada se repite si no tengo miedo
y después fumamos despacio
y te cuento algún secreto que invento

mientras dibujas un avión en el vaho de los cristales
que se deshace un segundo antes
que tu pelo.

Así hasta siempre

martes 15 de septiembre de 2009

todos los días sin falta me peino
me hago la raya en los ojales
intervengo en mis asuntos cotidianos
con la mente puesta en otra cosa

dejo las monedas para hacerte un sitio
y camino deprisa hasta tu casa

si no estás tergiverso las mareas
tumbo lo puentes boca abajo
caliento con una coz los radiadores

me salto los semáforos los doblo
los obligo a renunciar a los colores
tengo tanta urgencia de verte
que me agarro a los sonidos supersónicos

a la cola de los caballos más veloces
el tiempo entonces es de plastilina
un reguero de agendas arrancadas

una piedra cargada de protestas
me agacho me trastoco
busco en las ventanas más dispares
y de pronto te encuentro tocando una baranda
llena de tintineantes carcajadas

me conduces de una manera extraña hasta un aparte
y sin plomo me tocas una mano
y un calambre

me dices te buscaba con el cielo enrabietado
con las noches destejidas
con la boca tan fresca como un cocodrilo
y yo me siento a tu lado
y me callo porque hablar a estas alturas
es negar que hay un dios en el fondo lento de tus ojos.

La casa de Bernarda Malva

jueves 10 de septiembre de 2009

Aquella puritana familia había perdido un miembro. Afligida estaba Adelaida, la viuda, y más aún cuando supo que su inflexible madre le había impuesto un riguroso luto, el mismo que irracionalmente habían seguido todas las anteriores mujeres de la familia siempre que moría un marido o el padre. Sus creencias animistas los obligaban a cambiar de estado o situación de forma gradual, como ocurre con el paso de la noche al día, así que se estableció un periodo inicial de riguroso negro durante los dos primeros años, puertas, ventanas y demás orificios cerrados a cal y canto. Después otros dos años de un color café, entreabriendo la ventana del patio interior en otoño para dejar pasar el aire de lluvia. Sucesivamente, cada dos años aparecían nuevos colores en la ropa y nuevas aperturas al exterior; así llegó la época del castaño y la apertura del portón de la cuadra; el caqui y la ventana de la cocina; el melocotón y la trampilla del desván; el pardo, el almendra, el gris , el beige; la puerta del patio, la ventana del comedor, la claraboya del soberado, la persiana de la habitación. La alegría era ya palpable en la casa de la familia puritana. Adelaida olvidaba sus penas, el color crema le sentaba bien; dos años. El color perla le hacía los ojos más hermosos, la luz se filtraba ya por la ventana del baño, medio abierta. Dos años. El primer traje blanco a punto de estrenarse, cosido con devoción para lucirlo ante la admiración de todo el pueblo. La puerta de la calle que por fin se abre, confundiendo sus chirridos con el llanto de Adelaida por la muerte de su padre, al que sacan de la casa metido en una caja de un color muy negro.

El menor de los Dalton

sábado 5 de septiembre de 2009

cada muesca que haces
pistolero

deja a las dulces muchachas nada más
que cohibidas
a todas las demás
se les rizan los senos y

debido al calor también los reproches
siento decirte que no eres tan grande
como un acordeón
ni te bañas a menudo

pero tienes en tus manos
la violencia del siglo diecinueve
y una puerta detrás
que se cierra como el humo de un disparo

una muesca más
una bala menos.

Charcutería

domingo 30 de agosto de 2009

desde que te fuiste aquí sigo
troceado por manos extrañas
en lonchas casi perfectas conservando
todo mi sabor

tras un plástico que aprieta

envasado al vacío.

Buenas noches

jueves 27 de agosto de 2009

buenas noches

buenas noches
te dejaré aquí
tierno y doblado
como un tallo de luz
como un cuerpo que se acuesta
y se demora en la hierba

lavaré tus calcetines
mientras tanto
recogeré tus ropas y haré una hoguera
en la montaña

peinaré las horas que pasaste
en el ahogo
buscaré a las autoridades
y a los esquivos profetas
y traeré un pasaporte
que te devuelva a mí

nada más que te despiertes
que te devuelva a mí

igual que tras un parpadeo
iré detrás de los arroyos
para darte el agua más fresca
y la carne de las palabras más dulces

y mis besos de yegua celeste

eso será después
de que te duermas
y yo me vaya doblando mensajes aéreos
y regrese otra vez
del mar o de tus labios

buenas noches amor
descansa bajo las manos
que te dejo
bajo el cuerpo que te dejo
mientras busco para traerte el día

será solo un momento
ahora descansa
sin nosotros dos
el tiempo es nada.

martes 18 de agosto de 2009

Pues no, todavía no tengo cuarto de baño. Comenzaron las obras hace exactamente quince días, después de asegurarme que en cinco estaría todo terminado, y aquí seguimos, con el piso invadido por gente rara (gente que se va de vacaciones, gente que regresa de las vacaciones, gente extraterrestre) y meando todavía en una botella de dos litros de coca cola light (después de las tres primeras veces decidí hacer un corte en la boca –de la botella, claro- para ampliarla, porque es difícil atinar con el chorrito y porque se me quedó atrapada dentro).
No es culpa de nadie, son cosas que pasan. Ya me estaba acostumbrando a los primeros albañiles, gente aparentemente normal, si exceptuamos que el oficial llamaba al peón “cabeza de perro” y le faltaba meterle el palaustre por el culo para humillarlo; pero se hablaba de fútbol, de mujeres, de política, lo normal en estos casos en que invaden tu casa y agradeces al menos que no comenten el color de las paredes o la distribución de los cuartos. Otra cosa fue el fontanero, que lo único que hizo bien fue irse. Pero después de cuatro días de maravilloso desorden laboral comenzaron a faltar azulejos (vaya por dios) y había que esperar una semana a que los trajeran nada más y nada menos que de Castellón (y yo pensando en Benicassim, si hubiera ido los habría bajado yo).
Pues ha pasado otra semana y tres azulejos vienen rotos, los nuevos albañiles (¿albañiles?) han roto otros dos y además uno de ellos me habla del color de las paredes. Menos mal que otro fontanero ya me ha puesto los sanitarios (el nombre es del todo apropiado en estos momentos) y hasta ahora está todo casi correcto. Digo casi porque si abres el grifo del lavabo sale el agua desde la ducha, si abres la ducha sale por el bidet, si le das a la cisterna no pasa nada (sí, sí pasa, acabo de descubrir que se encharca una esquina del cuarto de baño). Pequeños detalles, después de todo. Más complicado se hace lo del váter. Lo han colocado (habrá sido un ligero despiste), de cara a la pared, así que para no hacer mis necesidades como si estuviera castigado me siento del revés. Me está resultando muy práctico, porque cuando la cosa se prolonga demasiado (podría decirlo de otra forma, pero a veces los eufemismos son más inquietantes) me llevo un cojincito y puedo echar una cabezadita sobre la cisterna. Más complicado resulta cuando son aguas menores (este eufemismo no es inquietante, es sencillamente estúpido), porque como entonces no me siento, al tener que rebasar la cisterna, he de calcular bien y realizar una parábola perfecta, lo justo para sortear la cisterna y no manchar la pared. Ya lo voy consiguiendo, solo tengo problemas en el tramo final, que es cuando recurro de nuevo a la botella de coca cola.
A día de hoy, queda por llegar el señor de la mampara (suena a película de terror, ya estoy temblando) y la tapa del váter que, como soy muy moderno, la he pedido con un muelle para que no golpee sobre la taza cuando cae (seguramente debe de haber por medio algún trauma infantil, me habré pillado alguna parte del cuerpo con ella de pequeño).
Así que estoy tan contento que esta mañana he decidido pagarles por anticipado. La dependienta me ha preguntado si quiero que me arreglen también la cocina, ¡por supuesto!, le digo, pero esperemos mejor a la Navidad que vuelvo a tener vacaciones. Sí, este último párrafo es mi pesadilla recurrente.
Por otro lado, observo que al verano le han salido algunas caries en las noches y que, al igual que me ocurría en la infancia, siempre que como higos chumbos acabo clavándome alguna espina. Al bixo no le doy porque para atragantarse ya le basta con los calendarios. Es tan sensible.

El desafortunado Roth

lunes 10 de agosto de 2009

El desafortunado Roth tenía la desgracia de crecer siempre después de que el sastre le hubiera tomado medidas. Así, por ejemplo, el día de su comunión llevaba los pantalones por encima de los tobillos, las mangas por encima de las muñecas y los hombros le apretaban tanto que caminaba como si estuviese colgado de una percha.
Años más tarde, cada vez que tenía que ir a un bautizo, a la boda de un amigo o a la cena de fin de año, Roth se deprimía profundamente. De nada servía que el sastre dejara un margen de tela en previsión de un crecimiento inesperado. Siempre, el día del estreno había crecido tanto que todo traje lo dejaba en el más absurdo ridículo.
No es extraño, en esas circunstancias, que a pesar de haber tenido varias novias formales y un tremendo deseo de casarse, nunca hubiese dado el paso de pedirles matrimonio. No se atrevía, el día en que debía ser el centro de todas las miradas, a aparecer con un frac irrisorio que dejase sus delgadas pantorrillas al aire, o con un chaqué que no pudiera abotonarse, o con una levita que quedara por encima de su cintura. Finalmente, aburridas de esperar, todas lo abandonaban.
Y así fue como el pobre Roth dejó de asistir a los grandes eventos sociales de su comunidad, y quedó solo y soltero para siempre.
Hasta el día en que murió, día en que por fin el traje que el sastre le hizo no le quedó pequeño y pudo lucirlo con elegancia, las mangas cubriendo con delicadeza las muñecas, los pantalones dos dedos por encima del tacón de los zapatos, los tres asistentes al velorio comentando al mismo tiempo el porte del finado y las noticias que llegaban de una televisión cercana anunciando a bombo y platillo las primeras bodas hawaianas.

Extraño

jueves 6 de agosto de 2009

- Si te atropellan después de la cópula – le decía a su amigo mientras tomaban una caña en la terraza de un bar-, has tenido mala suerte. Igual que aquel perro que ves tirado en la carretera. Hace diez minutos estaba pegado a una perra tras aquellos cubos de basura. Los he estado observando un buen rato. Después se han marchado cada uno por su lado. La perra ha desaparecido y él ha dado un par de vueltas por aquí, olisqueando debajo de las mesas. Al rato ha cruzado la carretera. Entonces ha sido cuando lo atropellaron. Es extraño.
- ¿Por qué? No me parece extraño, estaría algo cansado y distraído después del acto y no se dio cuenta.
- Sí es extraño. Muy extraño.
- ¿Por qué?
- Conducía ella.

Nada

lunes 3 de agosto de 2009

el dolor es un tiempo detenido
un autobús con un conductor borracho y homicida
un fusil que humea
y apunta solamente a las manzanas

esta noche tiene toda la razón
y también seré un cobarde
a pesar de que no puedo dormir
y busco mis ojos a gatas con una tristeza que sangra

me inclino a no creer en nada
ni en la brisa que mueve el sacerdote
con su limpia sotana
ni en el llanto del amigo
ni en los dormitorios de sábanas recién planchadas

ni en los perros que ladran al miedo

tengo el alma si es que existe
desquiciada y de plástico
y no me importan los poemas
ni los nobles filósofos ni los besos que antes daba
como un niño bien peinado

y esta noche soy incongruente
y necio
y tiendo nada más que a la locura

todos los pecados están muertos solo son
ceniza
igual que los años que pasaron
que los largos faros alejándose de los hoteles
que la risa que se apaga detrás de las puertas

sin embargo ya lo he dicho
el dolor es un tiempo detenido
un grillo que salpica las paredes
un viejo con la piel confundida entre cartones

algún día yo tampoco estaré aquí

nada más
es todo.

La mesa de al lado

jueves 23 de julio de 2009

al principio una sombra que pasa a tu lado
un perfume tal vez
pero esto ya lo inventas
se sienta justo entre la última palabra que dices

y deja en la conversación algo como un plato roto
un suave arañazo igual que una risa impropia

después cómo decirlo aunque es tan fácil
-la incertidumbre no es más que una etiqueta
con el precio equivocado-

te vas haciendo un hueco en su mirada
juegas con el tiempo como un héroe que añora las derrotas
toda la pereza

que hay en ti
muere en el dulzor del postre
nada más que son las cuatro de la tarde
y estás tan cerca que puedes tocarla
renunciar un poco a este oscuro balanceo de los días

por más que el vértigo sea otra vez una escalera vieja
y describas con rencor
la curva imperfecta de sus brazos
el anillo que reposa junto a ella como un amante distraído

la torpe fruta que madura sola en sus ojos.

jueves 16 de julio de 2009

Bueno, pues tampoco hace tanta calor. Anoche me encontré la rata de la rotonda muerta de un golpe (no sé si era de un golpe de calor o de un desaprensivo, lo cierto es que estaba muerta junto a un destartalado abanico que recreaba una escena de la película Ratatouille).
El verano está siendo tan duro que este año ni mosquitos tenemos. Todos los años encontramos cientos al subirnos en el ascensor, los ves dar vueltas y vueltas durante toda la subida y cuando el ascensor para y abres la puerta en el octavo piso salen todos en tromba (ni siquiera te ceden el paso) y se colocan sobre el quicio de la puerta de entrada a casa mirándote con ojos ensangrentados. Da miedo. Notas cómo se excitan cuando haces sonar las llaves y arrecia el zumbido de sus alas cuando la introduces en la cerradura (la elipsis da pie a una lectura malintencionada, pero no hagamos chistes fáciles). A veces, para engañarlos, llamo a la puerta de la vecina y espero a que abra para entrar corriendo en mi casa, así por lo menos elimino la mitad. Pero la vecina se ha dado cuenta y ya no me abre nunca, ni siquiera cuando me salió ardiendo la cocina, ni cuando me quedé en calzoncillos porque se me cerró la puerta en las narices, ni cuando le robo el felpudo (aquí no hay metáfora ninguna, por supuesto).
El caso es que este año no tenemos mosquitos, pero sigo sin poder dormir porque en la caja de la persiana de mi habitación le ha dado por anidar a una pareja de vencejos (debe de ser una pareja con familia numerosa, o que discute mucho, tal es el escándalo que arman). Llevan tres años veraneando desde junio a septiembre en mi ventana, a pesar de que yo veo muchos apartamentos para vencejos libres en mi barrio, y con mejores vistas. Hay que saber que para los vencejos, como para nosotros, el desayuno es la comida más importante del día, por eso desde las siete menos cuarto de la mañana todos se ponen en marcha y me destrozan los tímpanos con sus gritos y su corretear por la caja de la persiana, que si mamá prepárame el desayuno, que si voy a llegar tarde al trabajo, que dónde está nuestra anilla de cazados. Así hasta las once. Después quedan los pequeñines, solos y sin niñera. Durante toda la siesta hacen un ruido aflautado como cuando uno sorbe de forma continuada caracoles, pero en re sostenido y con el volumen al máximo. Al caer la noche llegan los padres y lo mismo con la cena.
Ustedes dirán, pues por qué no los desaloja... Ni los asustaviejas. He pasado tardes enteras, desde las ocho hasta las once, asomado a la ventana y haciendo aspavientos para que no entraran y solo he conseguido varios picotazos cerca del ojo izquierdo y que tres veces llegaran los bomberos porque alguien pensó que estaba pidiendo socorro. La última solución que he encontrado es meter periódicos enteros en el hueco por donde entran, pero claro, ahora no puedo bajar la persiana, y a las siete menos cuarto empieza a entrar un solazo dentro de mi habitación que casi prefiero a los vencejos. Un desastre.
Por otro lado a la noche aún le quedan algunas estrellas y el bixo tiene la linda costumbre de columpiarse solo en las fugaces, para que yo lo mire cada vez que pido un deseo.
Dios mío, qué sueño.

Casi yéndote

viernes 10 de julio de 2009

que amanezca y ya no estés
y no haya ni cristales ni saliva
y quede solo
recordándote

porque no quiero despertar contigo
prefiero el tapón del silencio jugar
con el hueco que dejas en la almohada

girarme en redondo
y contar las avispas que revolotean
he dedicado tanto tiempo a nada
que si estás me haces daño

y la noche al final de la noche
es un camino cortado
en los balcones alguien sembró telarañas
y hay un jirón de incertidumbre en las palabras

me gusta estar así
viéndote vestida casi yéndote
con la tristeza pegada en el reloj

deseando que no duermas a mi lado
ni me digas hasta pronto
ni dejes abierta la puerta
para que entre el sol

o te siga desnudo
y hasta dónde.

Berberechos

sábado 4 de julio de 2009

contra todo pronóstico
siendo tan pequeño
consiguió saltar la valla

sortear los límites y las fronteras
ser amado por la chica más alta
dejar en sus palabras el eco del aplauso
cruzar las calles con los ojos cerrados

cercenarse nada más llegar a casa
contra todo pronóstico
la yugular
al abrir una lata
de berberechos.

Sólo desde el alba

jueves 25 de junio de 2009

llegados de las manos

de otro circo
de los tabiques que se encrespan
cogidos como un mueble a medida

cayéndose
solo desde el alba

con un pezón rodando en una boca dormida

se encuentran los futuros
aprendices de memoria

aterciopelados y oscuros
igual que las grietas que los desórdenes
públicos

empleándose a fondo
en dotar de un cuerpo tibio a las cerezas
convirtiendo las tablas
en trapecios

míralos
ahí vienen
difíciles pero a punto

de romper en un minuto
la vida.

Cine de verano

sábado 20 de junio de 2009

Es una noche calurosa de julio de 2009 y todos han ido al cine de verano. Proyectan una película realizada en los años cuarenta, en la pantalla aparece un galán con el pelo engominado que sujeta dulcemente por los brazos a una chica pelirroja y acto seguido intenta besarla. Ella mira al público avergonzada y lo rechaza. Quedan un instante quietos y en silencio hasta que él también mira al público y comprende. Al poco se inclina hacia ella y le susurra al oído: no te preocupes, amor, aún no pueden vernos. La besa.

Si no puedes alcanzarla

sábado 13 de junio de 2009

un hombre sencillo
camina plácidamente como alguien
que ha perdido las llaves de un sucio apartamento

como alguien
que tiene las manos en los bolsillos
y no teme nada
al doblar una esquina

la luna sirve de cuenco a un gato no llueve
porque aún no hay gente triste en las ventanas
se plantea –ya dije plácidamente

como una posibilidad entre dos inviernos
como una página apenas subrayada
qué sería de aquella mujer de piernas ávidas

y de suave balanceo
en el límite del naufragio

-plácidamente ya dije qué sería
de aquella mujer

si de repente
tropezara.

Autobiografía

martes 9 de junio de 2009

qué soy quién soy
una raíz arrancada por descuido
un perfume sin tacto
un refugiado de provincias

una tabla para cruzar un río
un domingo nublado
tal vez un murciélago
que añora los colores

la nostalgia de los abedules
la tierra seca
los cartílagos las postrimerías

la idiosincrasia de las despedidas
los cuentos que un viejo militar tullido
narra con voz de bayoneta

un pedazo de amarillo
una puerta
un dromedario averiado

es tan fácil ser un recinto amurallado
donde se pierden los carteros
un periódico resuelto
una palabra tal vez
la consonante que se torció el tobillo

un poema de amor en desuso
un paciente que delira
y sueña con los trenes

un tejado que gotea
un invierno extraviado
un fulgor en la noche
cuando se descalzan los pies
de las bailarinas

hay un temblor dentro de mí
y hace un ruido que asombra

todas las sobremesas
se acuesta a mi lado
un silencio de nevera
de bostezo

una penumbra que entorna los ojos
un tebeo que nunca aprendió
a reír
un caballo que galopa
bajo un jinete asustado

un aprendiz de los números…

cuando cuentes hasta diez
será tarde.

Tendencias

sábado 6 de junio de 2009

La tendera tendía la ropa mientras el marido tendía a no hacer nada. Al llegar la noche ella a tendía a los niños y él se tendía en la cama. Por detalles así nunca se en tendían.

Como todos los días

lunes 1 de junio de 2009

con el tiempo mi corazón hará un corto viaje
en la ciudad brillará un sol
de tibias pantorrillas
y algunos coches quedarán empotrados
en el crepúsculo

con la memoria de este paisaje me basta
y con la mueca crispada de unos brazos que huyen
cansados de otros brazos
y la soledad de los parques y el silencio
que cae como un telón rasgado

en el pecho de aquel hombre nacerá un poema
y será fugaz como las viejas doncellas
y me hará bien tomar una aspirina
igual que ayer

-dijo sencillamente
la noche.

Seducción

jueves 21 de mayo de 2009

me dejará decirle señora

de pies fondeados en la primavera
señora coronada por la guinda
de un martini

que usted mira a un hombre que fuma
que se hace el dormido
cuando el humo lo desborda
señora

de pechos numerables y dispuestos
en rosáceas cajas de caudales
usted mira

a un hombre vagamente
optimista
que fuma y apura su café y exhala
los suspiros con un tango en la cima
un hombre que ahora se levanta

señora doblegada entre los rizos
del agua de colonia

y se acerca y ya no fuma y se corrige los destellos señora
de color naturalmente nuevo
y rojo al mismo tiempo

de labios entreabiertos
como antiguos marcapáginas

se acerca y la mira y se equivoca
y del poniente corta una flor
y no un dedo.

sábado 16 de mayo de 2009

Ahora resulta que el coche se estropea, y yo me bajo y levanto el capó y me paso media hora con la cabeza metida en el motor, supongo que buscando una flechita de color rojo que parpadee y me señale dónde está la avería, un tornillo que hay que apretar, un cable que se soltó, a más no llego. Sin embargo, igual que todos los hombres, finjo que sé lo que estoy haciendo, frunzo el ceño, compruebo con la mano derecha que el tapón del agua del limpiaparabrisas está bien cerrado, que el tapón del aceite sigue ahí y que siempre deja una mancha que nunca se quita, muevo un cablecito, giro la cabeza y busco un gato muerto entre el amasijo de hierros, me miro las manos y las sacudo como si las tuviera llenas de grasa, subo al coche e intento arrancarlo, al momento vuelvo a salir para ver que nada ha cambiado, que con el capó abierto no ha salido volando ningún gato muerto.
Mientras espero a la grúa (¿o es que pensaban que esto terminaba de otra manera?) cojo un libro de poemas de Billy Collins y leo uno en el que habla de la mariposa que al batir sus alas desencadena toda una serie de acontecimientos imprevisibles. Me pregunto si esta facultad es solo propia de las mariposas o la avería de mi coche podrá iniciar una serie de actos en cadena que terminen en un sunami o como mínimo en una bombilla fundida. Para asegurarme de que es el comienzo de algo cierro y abro el capó rápidamente (por aquello del paralelismo con las alas de la mariposa).
Como la espera de la grúa ha sido dura y para que esto no vuelva a suceder me he apuntado a un curso de mecánica a distancia. Pero un carburador en la pantalla del ordenador o en un papel no es como en la vida real (ocurre lo mismo con las suegras y con las tortillitas de camarones) y me ha dado por frecuentar los cementerios de automóviles para poder consolidar mi formación (me pregunto qué hubiera sido de mí de haber elegido un curso a distancia de anatomía). En ocasiones siento la tentación de abrir el capó de algún coche sano aparcado en mi barrio (en este caso me arrepiento de no haber elegido el curso de anatomía) y me quedo en las aceras esperando que a alguien no le arranque el motor, y se baje y abra el capó y yo me acerque con aire suficiente y pueda poner en práctica todos mis conocimientos adquiridos.
Entonces la chica (tenía que ser una chica, y además preciosa y con unos muslos del color de los arroyos y una boca como un turbio caramelo) me mira con ojos entregados y pregunta si entiendo de coches. Por supuesto, todo un experto. Me quedo mirando el motor y espero que fluya toda la sabiduría acumulada…, el tapón del agua del limpiaparabrisas, el del aceite…, por favor, intenta arrancarlo...
Cuando después de llamar a un mecánico (¿esperaban otra cosa?) se sabe que el problema era un cable suelto, una tontería, casi nada, y la chica me mira con un cuchillo en los ojos y una burla en la despedida, siento que algo se funde dentro de mí, (una bombilla, quizás) y comprendo que el poeta tenía razón, que yo también tenía razón, que el movimiento de aquel capó de mi coche inició algo, algo que me hará desear que me trague un sunami y que maldiga al destino, a la puta mariposa.
Por otro lado, la vida sigue yendo al ralentí y el bixo está aprendiendo a montar en patinete. Está muy guapo cruzando de aquí para allá como un garabato de palabras hermosas.
Por vuestro bien, nunca crucéis la calle por los pasos de cebra porque hay quien dice que les da el sol a través de unos barrotes.

Cuándo acabará la luna llena (versión modernista)

domingo 10 de mayo de 2009

ni princesas ni ranitas
ni emperadores viajando en un barco de plomo
ni la nueva canción que los cisnes
dejan en los tobillos de las criadas

hoy me he levantado
con la televisión apagada
y encendidas las caderas

y tanto cuento chino me bosteza entre las piernas

no me digas nada
ni te vistas con las sedas ni los lánguidos visillos
de los pavos reales

esos servirán para el almuerzo
y tú también

después de todo.

Naïf

miércoles 6 de mayo de 2009

El pequeño ruiseñor dobla la esquina
y canta porque tiene las alas mojadas
y no puede volar
y canta tan despacio que las fuentes de los parques

se adelgazan
y perecen los brazos de las amapolas

dobla la esquina aunque los pájaros
no saben del misterio del futuro
y en sus casas los techos son más altos

el pequeño ruiseñor es como un hombre triste
que alguien fotografía sentado en la acera

con la mirada en un punto difícil de explicar
y con las alas mojadas.

El sustituto

jueves 30 de abril de 2009

He perdido el pene. No sé cómo ha ocurrido pero he perdido el pene. Me palpo la entrepierna buscándolo como un loco y no lo encuentro. Miro entre las sábanas, entre las mantas, me quedo pensando cuándo lo vi por última vez. Anoche lo tenía. Recuerdo que fui al baño y que después me acosté y lo tenía. Me levanto, miro bajo la cama, dentro de las zapatillas, debajo del colchón, me quedo en pelotas y me palpo de nuevo. No encuentro mi pene. Me estoy poniendo cada vez más nervioso. Intento relajarme. Me digo: si tampoco lo usas tanto, piensa que si no lo encuentras tampoco pierdes mucho, podrás acostumbrarte, llevar una vida normal, más relajada tal vez. No me sirve. Quiero mi pene. Vuelvo a recordar que anoche lo acaricié ligeramente antes de dormirme. Se me saltan las lágrimas y me enfado conmigo mismo por no haberle prestado más atención. Siempre echamos de menos las cosas cuando ya no las tenemos. Me prometo a mí mismo no dejar de tocarlo y cuidarlo si lo encuentro. Tengo que encontrarlo. Me pongo los calzoncillos y queda un hueco informe donde tendría que estar el bultito de mi pene. Las lágrimas no me dejan ver. Dónde está mi pene. Desesperado salgo al baño a lavarme la cara y al volver le doy una patada a algo que rueda debajo de la cama. Mi pene. Me agacho y lo recojo como quien recoge a un recién nacido. Mi pene. Ni siquiera lo limpio de pelusas ni de polvo, con prisas vuelvo a colocarlo en su sitio. Por fin. Mi pene. Más tranquilo comienzo a vestirme y al calzarme observo que he perdido el dedo gordo del pie derecho. No puede ser. Me bajo de nuevo los calzoncillos y ahora sí, ahora limpio con cuidado el apéndice que hay colocado entre mis piernas. Me encojo de hombros. Mientras no olvide cortarme las uñas…

Canción del que no duerme solo

viernes 24 de abril de 2009

qué cercano encuentro tu rostro
y qué estricto el maquillaje que te queda
debatiéndote en el sueño
como el silencio en un furgón de cola

han venido contigo las pestañas
y pasaré días buscándolas todas
cuando ya no estés

y no parezcas una carretera tumbada por descuido
o una carta de amor imperfecta

todas las noches tienen almohadas
y el tic tac de una campana como un nido vaciado
acompasando el ritmo de tu pecho
trotando igual que la lluvia en los tejados

voy a dormir hasta que acabe el mundo
o quieras rozar con un pezón de oro mi lengua
y encontrarle manantiales

hasta que nadie sepa vestirte en la mañana
y una melodía de copas y de árboles
conjuren un tiempo de promesas y de uñas.

Carnet de conducir

viernes 17 de abril de 2009

El día que en la autoescuela explicaron que detrás de un balón siempre viene un niño, y que por tanto es importante frenar y anticiparse a la posibilidad de un atropello, Joaquín estaba algo despistado mirando el escote de su compañera de pupitre y lo entendió al revés, es decir, que detrás de un niño siempre viene un balón. En consecuencia, cada vez que un niño cruzaba la calle delante de su coche Joaquín frenaba presto y no reemprendía la marcha esperando que pasara el balón. Huelga decir las molestias que eso acarreaba al resto de automovilistas. Pero Joaquín, ajeno al sonido de los cláxones y a los variados improperios, esperaba pacientemente a que pasara algún balón. Sin embargo, esto nunca sucedía y Joaquín comenzaba a pensar que ya iba siendo hora de revisar las normas de circulación.
Hasta que un día Joaquín vio pasar el balón justo delante de su coche. No le importó no ver al niño antes, me habré despistado, pensó. Tuvo solo que frenar un poco para ver cómo el balón cruzaba lentamente la calle botando y se quedaba parado junto a la acera. Pues tenían razón en la autoescuela, se dijo. Para no impacientar a los conductores que se acercaban por detrás, Joaquín aceleró a tope.

Ya solo me queda pulir la memoria

domingo 12 de abril de 2009

ya solo me queda pulir la memoria
quitar las hierbas de un terreno baldío
donde campan a sus anchas los insectos
y tres o cuatro rosas

cubrir por ejemplo aquellos pechos
de la mujer que desnudé un día
para que vuelva de nuevo a ser virgen
o sonrisa sin uso

o pregunta reciente o palmo de fragancia
o día festivo

velar las citas a ciegas que no tuve
como alguien que llora a sus muñecos
mirando unos ojos estériles
y unos brazos que no huelen como axilas
ni saben doblegarse

el hombre que me enseñó una piedra
y me dijo que era un trozo de esperanza
y la tiró con fuerza
para que flotara en los cristales
para que rompiera el agua y despertara a los vecinos

aquella vez que vi un cometa
y tenía las manos de mi madre

y poder dormir de nuevo a pierna suelta
debajo de un caballo que salpica los sueños
sin riendas sin respeto sin temor a nada

sin nadie que me diga no eres tú sino otro
y me cierre como un velcro que tapa la luz
y deje un secreto escondido en ella
suave pero hermoso.

viernes 10 de abril de 2009

Me da un coraje. De verdad, me da un coraje. Con lo que me gusta preparar la cena y todas las noches que me toca me pongo malo. Al final tiene que prepararla siempre mi hermana o hay que pedir una pizza. Es curioso, porque me pasa lo mismo cuando toca hacer limpieza en el piso o ir a comprar al Carrefour. Cuando es en el Mercadona, sin embargo, no me pongo malo, y además me paso media tarde arreglándome y eligiendo bien la ropa. No sé muy bien por qué, seguramente por agradecimiento a los buenos precios que tienen…, porque por la exuberante y hermosa cajera que me cobra siempre no va a ser.

De un tiempo a esta parte noto que estoy pasando por una crisis (no económica, que también, aunque esta es otra). Imagino que será por la edad. Recuerdo que la primera crisis por la edad que tuve fue al cumplir los tres años. Entonces había una chica de dos años que se llamaba Ángela de la que estaba locamente enamorado, fue mi primer gran amor. Sin embargo, lo nuestro duró poco. Nos veíamos todos los días, cuando nuestras madres coincidían de camino al mercado y se paraban a charlar de sus cosas. Nos mirábamos tiernamente y succionábamos con avidez nuestros respectivos chupetes mientras intentábamos mantener el equilibrio y no hacernos pis encima. Una vez estuvo en mi casa, aunque no pasó del patio ni dejó de jugar con una tortuga que teníamos a pesar de que yo tiraba de ella para llevarla a mi habitación y que nos revolcásemos juntos en la cuna. La cosa terminó cuando a mi madre se le ocurrió que ya era mayor y debía dejar de ponerme pañales. Ese día, cuando íbamos al mercado, con los nervios se me escapó el pipí justo al ver a la niña, y ella se quedó mirando con aire displicente el hilillo de orín que salía por una pernera de mi pantaloncito e iba empapando el zapato y formando un hermoso charco calentito a mis pies. Ahí acabó todo. Nunca volvió a mirarme. Jamás intercambiamos los chupetes ni los mocos. Un desastre.

Después, a lo largo de mi vida he tenido otras muchas crisis por culpa de la edad, algunas con pipí incluido, pero ninguna como la que estoy pasando ahora. Noto que ya los chupachups no saben igual, los pantalones cortos no me quedan tan bien como antes, cada vez acierto menos con el tirachinas (esto también podría interpretarse como una metáfora de algo). Comienzo a preocuparme porque si esto sigue así creo que hasta empezará a gustarme la cerveza y le daré alguna calada a un cigarrillo. Supongo que eso es lo que llaman hacerse mayor, de ahí a verme con barriguita y calvo no hay nada.

Por otro lado pienso que la crisis económica también debe de estar haciendo bastantes estragos, pues cada vez veo más gente encapuchada por las calles, imagino que para que los acreedores no los reconozcan. Puestos a disfrazarse, a mí siempre me gustó más el de Batman, aunque el del ku klux klan parece que impone más. Eso, o está de moda.

Hoy hace viento de poniente, a mí me da igual pero siempre me pregunté si debajo de las faldas el viento de levante o el de poniente causan los mismos estragos. Al bixo no le importa, porque cuando se pone faldas al viento se le corta la respiración. A mí me pasa lo mismo.

Cambio horario

lunes 6 de abril de 2009

El niño grita:
- ¡Es la una y cuarenta y dos!.
Yo estoy sentado frente al ordenador, mirando el fondo de una pared blanca y rodeado de silencio. El niño desde la calle vuelve a gritar:
- ¡Una y cuarenta y tres!.
Intento escribir una historia sobre el tiempo que pierdo mirando el fondo de las paredes, rodeado de silencio, y el niño de nuevo me distrae con su voz de orina:
- ¡Es la una y cuarenta y cuatro!
El reloj del ordenador marca la una y cuarenta y dos, parece que el niño se adelanta dos minutos. Durante un buen rato me quedo quieto, sin hacer ni pensar nada, mirando el fondo de una pared blanca y rodeado de silencio. Después, de pronto, como si despertase de un sueño, miro el reloj del ordenador: marca la una y cuarenta y siete. El niño grita:
- ¡Una y cuarenta y cinco!
Tengo miedo.

Historia triste

sábado 4 de abril de 2009

La pequeña Celia tenía los ojos dorados, un mechón rubio en el pelo que hacía que su cabeza pareciese un campo de trigo desmayado y arrastraba siempre con su mano derecha un cubo lleno de piedras.
La pequeña Celia suspendía siempre Educación Física, llegaba siempre tarde a las fiestas de cumpleaños y nunca jugaba a saltar la comba.
Cuando caminaba el cubo hacía un ruido de tractor averiado. Los niños nunca la sacaban a bailar y a su madre le dolía la espalda cuando intentaba cogerla en brazos.
El día que la llevaron a la playa Celia iba dejando un surco en la arena con su cubo lleno de piedras, a veces se paraba a descansar y los rudos pescadores se acercaban a mirar dentro del cubo para ver si había peces. Después se marchaban decepcionados.
Al caer la tarde Celia se llenó de agua y en el cubo apareció un pez, y el surco de arena que entraba en el mar cuando subió la marea parecía un mechón de nada.

Alguien que se aleja

sábado 28 de marzo de 2009

a ver si así te atropello
no es que quiera ir tan deprisa
adelantando las promesas las viñetas

el poniente no me toca porque conduzco
de soslayo
a ciento cuarenta más o menos

la tristeza es una foto movida
no se quedan
ni los campos de cereales
a ver cómo la noche se recuesta en los grillos

todavía puedo llegar lejos
aunque la música es breve
y me deja líneas discontinuas en las lágrimas

me extraña que todas las curvas sean impares
y me duerma solo a ratos

con las manos algo inciertas agarrando un beso

y los frenos balanceándose
como un cuarto de sobra

tengo solo un momento para quedarme solo
para dejarme atrás y acelerar un poco
si puedo.

Estatuas

sábado 21 de marzo de 2009

Encuentros nocturnos en el jardín
de palacio: una esclava imita al viento
y mueve blandamente la hiedra
para que la siga un joven caballero;

detrás de la muralla el jardinero
corta con oficio la flor de una doncella;

dos perros se olisquean junto a una senda,
se persiguen y se rinden
en un lecho de hojas secas;

demasiado mayor, el mayordomo
aprieta sin fuerzas los muslos del aya,
que aún están rojos de morder al capellán,
poco antes sobre unas sábanas de vino derramado.

Desnudo en medio de la fuente, intento en vano
hablarle de amor a las estatuas.

Lencería del tiempo

viernes 13 de marzo de 2009

me dices no desesperes todo
es provisional
el sol de cada día los naufragios
esa flor que nace como si la vida
le fuera en ello

todo tiene sus contornos
el límite que marca el comienzo
de otra cosa
solo a veces la memoria –esfuerzo inútil
atrapa durante un momento el rocío de un beso
una espina

todo es provisional me dices
pero en mi cuarto
cuando bajas las medias
parece que tus piernas

no acabarán

nunca.

Manía persecutoria

domingo 8 de marzo de 2009

Aquel hombre la seguía. En la calle no había nadie, solo ellos dos. Por el rabillo del ojo miraba hacia atrás y siempre estaba ahí, siguiéndola, a veces más cerca y otras algo más alejado, pero siempre ahí. A pesar de estar agotada aceleró un poco más. Le faltaba la respiración, empezaba a marearse pero hizo un esfuerzo y consiguió ir más deprisa. El hombre seguía detrás. Comenzó a tener miedo y pensó en pedir auxilio, pero no podía parar si no quería que la alcanzase y ya no le quedaban fuerzas para gritar. Exhausta, con los brazos agarrotados y las piernas acalambradas, se paró, se quedó en un extremo de la calle mirando cómo el hombre, de aspecto irreconocible, se acercaba lentamente, tanto que casi podía tocarla. Se tapó la cara con las manos y cerró los ojos en un gesto instintivo de protección. Cuando los abrió de nuevo, vio al hombre junto a ella, que empezaba a nadar la calle en dirección opuesta, con suaves brazadas y elevando un instante en el aire de la piscina cubierta pequeñas gotas que rápidamente volvían a caer al agua. Lo miró alejarse y empezó a nadar. Ahora lo seguía ella.

Sin cobertura

jueves 5 de marzo de 2009

Tiene el invierno sabor a carne de membrillo
(desde aquí, colgado de un poste telefónico,
diez metros por encima de la caducidad de los yogures,
el infarto justo apoyado en mi hombro,
con una sonrisa de color azul o morado
y mi musa que no coge el teléfono.)
Ahora pienso cómo haría aquel desconocido poeta
del siglo dieciocho
para dar los buenos días,
en invierno y emboscado en chimeneas de otros,

a los jardines botánicos.

domingo 1 de marzo de 2009

Tostadas. A ver si me explico. A mí me encanta el olor de las tostadas, pero no porque sea un romántico ni me despierte muerto de hambre, en realidad lo que me gusta es el olor de las tostadas quemadas. No es lo mismo una casa (también puede ser un piso, aunque es menos elegante) que huela a churros ni a galletas ni a cereales ni a barritas energéticas ni a hora y media de gimnasia rítmica y abdominales que una casa que huela a tostadas quemadas. Los primeros cinco minutos después de despertarse son los más importantes del día para cualquier persona (si además tienes resaca o estás en la cárcel también son los más jodidos), las primeras sensaciones que percibamos nos marcarán el humor y el color de la ropa, y el olfato es el primer sentido que se desentumece (los días de resaca justo después del sentido del remordimiento y dios mío qué hice anoche no vuelvo a beber nunca dónde habré aparcado el coche quién es esta que duerme a mi lado de quién coño es esta casa). Para mí es muy bonito oler de pronto a tostadas quemadas porque así tengo la sensación de que nada es perfecto pero todo está muy bien, de que a pesar de que algo no ha salido bien del todo es lindo, incluso mejor que si hubiera sido perfecto (a lo mejor sí voy a ser un romántico). Es igual que cuando la chica que adoras y es divina huele ligeramente a sudor o en la fiesta de tus mejores amigos suena una canción de Alaska. Hay que tener en cuenta el grado de imperfección que ponemos en las tostadas, que es lo que diferencia la elegancia de lo cutre, el día de buen humor o el día para olvidar, porque no es lo mismo si las tostadas están tan requemadas que los vecinos llaman a los bomberos, ni tampoco si la chica que adoras no se lava en una semana y además se tira pedos o si en la fiesta de tus amigos suena durante cuarenta y siete minutos la canción de Paquito el Chocolatero. No es lo mismo.
Por otra parte, mi madre me llama por teléfono y me dice que para cuándo la novia que le prometí (parece que hace tiempo le prometí una novia y cinco nietos, tres que fueran del betis y uno del atlético aviación. También le dije que el mayor sería negro y el menor alérgico a la fotosíntesis, pero ahí ya estaba sereno y no me hizo mucho caso). Yo a veces pienso que estaría bien tener una novia, con brazos y besos y pelo y bragas y discusiones y todo eso que dice la gente que tienen las novias. Lo de tantos nietos ya no estoy tan seguro, aunque sospecho que eso es realmente lo que quiere, porque después, en la vida real, las novias y las madres de los novios no se llevan tan bien. De cualquier modo, como se acerca la primavera y a las madres nunca hay que darles disgustos, me he comprado un traje de novio de mil rayas en Massimo Tutti y todas las tardes, de tres a nueve, me voy a poner en una esquina del centro, a ver si pasa alguna con un vestido que vaya a juego.
Al bixo a lo mejor no le gustan las tostadas quemadas, porque se quema las patitas y le salen las caricias chamuscadas, pero yo siempre le digo que con salivita todo se cura. Es tan lindo.
Dicen que la televisión engorda, y yo no sé quién se atreve a comerse una televisión porque yo, por muy delgado que siga, prefiero prepararme un bocadillo de salami.

Carta de pronto

martes 24 de febrero de 2009

…para pedirles que me traigan
otra vez aquel misterio aquella niña
que mojaba sus bragas con la risa

y la mesa donde nos sentábamos todos
y mi padre partiendo el pan y los silencios
y las cosquillas debajo de los perros

por eso he sido buena y me he portado
igual de bien que los fusiles rotos
que los milagros que los lentos mazapanes

y he posado una flor en un anciano
y he besado los coches que atropellan
y he dejado que sus manos me tocaran
y me hicieran temblar como un relámpago

para pedirles que me traigan
el olor del mar cuando dibujo los barcos
la carpeta que llené de corazones
la cajita donde perdí los besos

y a mamá
con mis ojos.

La colada

miércoles 18 de febrero de 2009

- Quítame la ropa.
Él la mira despacio, recorre su cuerpo sin deseo, la toca.
- ¡Desnúdame!.
Obedece como un niño ciego, primero con las manos ancladas, con el peso de un miedo primitivo, después se relaja y le quita con suavidad el jersey, la blusa, el sujetador que se llena de pronto con un hueco caliente, los pantalones, las bragas.
Se queda muy cerca, mirando sin mirar la carne que tirita.
- ¡Métela!.
Se agacha despacio y apenas se rozan los cuerpos. Con una mano la introduce toda, lentamente, sin prisa. Cuando está llena, sin esperar más instrucciones la cierra, la enciende, la lavadora.

Canción del trigo

sábado 14 de febrero de 2009

sobre todo después de tocarte los muslos
navegar en un barco hacia dentro
y dejarte en la orilla cansada

en el trigo esta tarde solo cabe tu pelo
y el viento

se mueven las espigas buscándote los panales
y las onomatopeyas
igual que yo cuando te miro detrás de una sombra
abanderado con un pezón tuyo en los dedos
y los terrones parecen de azúcar
y huelen las cigarras a campo florecido

si morir es un estado de lujuria
porque nada lo refrena
y puestos al fuego todos tus brazos son rescoldos de luz

hagámoslo otra vez
aquí dormidos cuidándonos la hierba y los dulces cardenales
desandados e inventándonos los cuerpos
pálidos y sucios
irisados

desnutridos

felices.

Paciencia

lunes 9 de febrero de 2009

en mil novecientos setenta y uno
aproximadamente
aún nadie tiritaba mirando
tus pechos

pues ni siquiera podían esbozarse sus colinas
había que taparlos
solo para que el frío se acurrucara en otro lado

en su circunferencia
anidaban dos semillas de manzana

mientras tanto
yo con hambre practicaba
.

Historia esbozada

viernes 6 de febrero de 2009

Hacía muy poco que había zarpado el barco. En el camarote ciento ochenta y dos quedaba un ligero olor a perfume de mujer y en el interior del cuarto de baño se oyó el sonido de un grifo al abrirse. Una maleta cerrada se balanceaba junto a dos camas pequeñas. En su interior un impermeable y un paraguas, una caja de puros llena de fotografías en blanco y negro, un cartón de tabaco y varios pantalones y camisas doblados con esmero. En el muelle un hombre cabizbajo miraba la estela blanca que el barco había dejado y las suaves olas que lamían como aceite los veleros amarrados. Sus manos dormían en los bolsillos de un pantalón roto, de su cuello colgaba una cámara de fotos con la batería descargada y una colilla apagada intentaba escapar de su boca. Empezaban a caer gotas, también en blanco y negro.

Qué sería

lunes 2 de febrero de 2009

empezando por el principio
cuesta imaginar
qué sería de aquella barandilla
sin el vértigo

sin la urgencia de la noche
qué sería de los moteles

baratos
con una piscina
al borde del suicidio
y una letra
que parpadea como una h

de todas las cosas que no hice
o que huyeron
llevándose las piedras los

amigos

el currículum vitae
o que durmieron cansadas
junto a un soldadito de plomo
qué sería

sin esta sobredosis
de ti qué sería
de mí.

sábado 31 de enero de 2009

¿Qué pasa cuando te comes un yogurt caducado? Pues nada ¿Nada? Tres días malo sin poder salir de la cama, con el estómago como una lavadora puesta en el centrifugado y vomitando hasta la comida de la semana que viene. Claro que mi yogurt estaba caducado desde 2005, era un yogurt Gran Reserva que tenía precisamente reservado para una gran ocasión. La gran ocasión se presentó cuando estaba al borde de la inanición y vi que era lo único que me quedaba en el frigorífico.
Pasados los tres días de cama me dispuse a salir a la calle a comprar más yogures y me encontré en el ascensor con la vecina de enfrente. Todo el mundo sabe que un ascensor es como una caja de zapatos en la que si entran dos o más personas no cabe el silencio, y si cabe está tan incómodo que nos obliga o bien a agachar la cabeza o a levantarla demasiado. Lo que nunca podemos hacer es mirar a la persona que tenemos al lado porque eso debe de estar prohibido. Pues mi ascensor tiene que bajar ocho pisos, son cuarenta y dos segundos que se convierten en siglos si los compartes con la vecina (la vecina de enfrente tiene setenta y dos años, si fuera con la vecina de al lado que tiene veinticinco y una sonrisa que desmaya serían menos). Para no hablar del tiempo que es lo que se hace siempre y para que no se escucharan los gruñidos de mis tripas me puse a contarle cómo habían sido mis últimas diarreas con todo lujo de detalles. Se bajó en el cuarto. El silencio y yo nos quedamos mucho más tranquilos.
Hoy he seguido a un perro. Estaba aburrido en el parque, mirando las hojas caer de los almendros (no sé cómo es un almendro, es una metáfora; tampoco sé cómo es una metáfora, debe ser como un almendro pero con otras hojas) y pasó delante de mí un perro, con sus patas y todo, y lo he seguido. Parece que no, pero la vida de los perros debe de ser muy interesante. Para empezar tienen el cuerpo hacia abajo con lo que les es más fácil tumbarse. Supuse que vagaba sin rumbo fijo y me fui tras él alegremente. Movía el rabo (el perro, claro) y se paraba a cada rato a olisquear los árboles, las farolas, los niños. Torcía las esquinas con agilidad, cruzaba las calles sin mirar. Para mí, acostumbrado a la vida ordenada, ha sido una aventura de lo más emocionante. De vez en cuando volvía la cabeza hacia atrás (el perro) y se me quedaba mirando como si entre él y yo hubiera una cuerda imaginaria.
Después de recorrer media ciudad se ha metido en un callejón sin salida, y yo, confiado, he ido detrás. Me han dado una paliza entre él y un montón de amigos perrunos suyos que han aparecido de repente que todavía no he dejado de llorar.
De vuelta a casa he parado en una carnicería, con el dinero que llevaba el carnicero solo ha podido venderme un hueso. Para colmo, acabo de ver que los yogures que compré están caducados. A ver qué pasa.
El bixo casi no me mira, pero sé que tiene los ojos abiertos porque escucho el ruidito que hace como de beso cuando parpadea. Tengo pena.
Otra vez el cielo tiene las orejas gachas, pero no es un perro porque no levanta la patita cuando mea. Ea.

Optimista

miércoles 28 de enero de 2009

otra vez habito en un tebeo
y una nube descarga casi piedras

me mojo
me mojo
me mojo

y mi maleta es un helado deshecho
junto a un autobús
que no llega

me ha llegado tu último mensaje
hoy sin falta te echo

y de pronto me doy cuenta
de lo mucho que lo espero
quiero decir
que llegue otro

olvidaste cariño
escribir
de menos

De lejos

lunes 26 de enero de 2009

de lejos no parpadeo
no me arremolino a tus pies
para dejarte encinta de palabras
del calor de las cocinas

con lo que cuesta la distancia
hoy en día
si atravieso los kilómetros
al precio del gasóleo de las dulces mentiras

que tu boca que mi boca…

cuánto hemos movido
apenas
unos árboles apenas
la vida feliz
de un caracol sitiado

cuánto hemos vivido
los domingos porque dios
era tu cuerpo
y hablaba de rubios girasoles

de llamadas telefónicas
de paredes nuestras

de nosotros.

Dolor de muelas

sábado 24 de enero de 2009

Su mujer nunca le hacía caso. La última vez fue ayer mismo, cuando le dijo que le dolía profundamente una muela. Ella, en vez de consolarlo o darle una pastilla que le calmase el dolor, se puso a reír. No entendía por qué tenía que reírse de él. A veces le entraban ganas de marcharse de casa. Todo esto lo pensaba mientras se ponía el pijama e iba al cuarto de baño por última vez esa noche, antes de acostarse. Se miró al espejo y se vio bien, todavía joven. Palpó su cara y notó como ya no le dolía la muela, pero su mujer se había reído de él y eso era difícil de perdonar. Regresó a la habitación y se sentó en la cama; mientras, su mujer lo esperaba tumbada leyendo un libro. Se sacó las zapatillas, dejó la dentadura postiza en el vaso que tenía preparado en su mesita de noche, apagó la luz de su lado y se tumbó en la cama, dándole la espalda.

Agenda

jueves 22 de enero de 2009

el día de hoy despertará
con un lunar
en el dedo
con una pompa de jabón
justo después del colapso
de todos los transportes públicos

saldrá el sol
a la hora en que te bañes
y medirá lo que miden tus pies
y todo lo largo de tu cuerpo

será tarde muy pronto
detrás
de la manzana que has mordido

después se hará de noche
como todas las noches
habrá una oscuridad
del tamaño del sueño de las piedras

y se hará un ovillo
la luna
alrededor de tu cuello

amanecerá
si tú amaneces.

Renglones torcidos

martes 20 de enero de 2009

todos los renglones torcidos
ya te lo decía

todos los renglones torcidos
desde los once años
desde el momento en que por más que buscabas

no encontraste aquella pelota
que perdiste en el parque

uno sabe claramente
igual que sabe
que alguna vez será el estuche roto
de los días

el diente que se cae
uno sabe que su vida puesta a hervir
hervirá menos

que tendrá quizás algunas palabras
y seguirán los renglones torcidos
que en definitiva no serás
tan feliz

nunca vivirás

en el balcón más alto y
aunque no importa las vistas deben ser
hermosas
lo que más te entristece

es que tampoco desde allí

encontrarás la pelota.

domingo 18 de enero de 2009

Se supone que la función principal de una chimenea es la de calentar. Pues no, enciendo la mía a las once de la mañana y son las siete de la tarde y aún me caliento más encendiendo una cerilla. La mía (mi chimenea, digo) lo que hace realmente bien es tiznarme la ropa. Es un rectángulo (mi chimenea, otra vez) hecho en una pared, con un agujero dentro para meter los tronquitos. En ese agujero mi brazo siempre entra perfectamente, pero al sacarlo parece que el rectángulo se hace más pequeño y la manga se choca siempre con una esquina, ya sea la izquierda o la derecha, arriba o abajo; a veces también con la puerta (mi chimenea tiene puerta, necesita intimidad, pero no se cierra con llave). El resultado es un chaleco blanco recién estrenado con una hermosa raya negra en el lugar donde todo el mundo pone los ojos. Podría intentar encenderla con los brazos desnudos pero con el frío que hace me daría tiritera y no acertaría a meter el brazo en el rectángulo. Un desastre.
Por otra parte anoche estaba yo reflexivo y me dio por mirarme la mano izquierda. Estaba sentado en el sofá (el sofá es el mueble donde vivo, de hecho el día más feliz de mi vida será el día que descubra la cocina-sofá, el baño-sofá, el lunes-por-la-mañana-sofá) y me vi la mano izquierda elegante. Últimamente solo me veo elegante las pestañas postizas, así que me sorprendió el hecho. Movía la mano hacia un lado y era elegante, la cerraba y era elegante, señalaba con el dedo y era elegante, probé a hurgarme la nariz con ella y era elegante. Hice lo mismo con la mano derecha y fue horrible, como si perteneciera a otro, un monstruo. No lo entiendo, porque las dos tienen más o menos lo mismo: cinco dedos, aunque dispuestos de forma contraria, algunas uñas, mi futuro marcado en la palma (a lo mejor tiene que ver con eso, porque en la derecha hay una línea rota). Esto me crea ciertos problemas de identidad, porque ahora no sé cuál es la mía, si la izquierda o la derecha (yo tengo mis sospechas pero quiero ser optimista). Como esta mañana sigo reflexivo las estoy observando y me doy cuenta de que la mayoría de las veces lo que hace una lo deshace la otra: si una quiere llamar por teléfono la otra cuelga e intenta mandar un mensaje; si una vierte la leche en el tazón la otra la derrama; la culpa del zapping (¿se escribe así?) es de mis manos, una quiere ver House y la otra (qué antigua) La casa de la pradera; una acaricia y otra abofetea (imagínate qué plan, en una cita con la mano derecha pegada al bolsillo con loctite); una conduce y la otra mete las marchas (ah, eso creo que es normal). Para lo único que se ponen de acuerdo es para ir al servicio: las dos quieren hacer lo mismo, justamente para lo único que no las necesito a las dos, porque desgraciadamente con una tengo más que suficiente. Estoy preocupado (por lo de las manos, digo), aunque de momento no he decidido cuál debería amputar.
Al bixo le gusta el sol, y cuando lo miro de noche lo hago con una de esas linternitas con pilas que no se gastan, pero sin rayos ultravioleta.
Hoy voy a ser bueno y prometo no mirar dentro de las casas ajenas buscando telarañas.

Otra vez

sábado 17 de enero de 2009

casi no queda tiempo
esta noche
entregados como estamos
a no perder la cáscara un pellejo
de vidrio
ni asistir a los colegios

aprender

de nuevo la infancia
el horizonte los murciélagos
fumando un cigarrillo

derrotar las pérdidas
deshacer de nuevo las pastillas
de avecrén
la cama donde te acuestas
la humedad de los rincones

amainar con piedras
las palabras

tocarnos
otra vez
tocarnos…

El soldado

jueves 15 de enero de 2009

A lo lejos resonaron los primeros tambores. La noche anterior el soldado no había podido dormir, nervioso antes de la batalla, y ahora se estaba meando. Pensó si sería correcto alejarse unos metros de la formación para aliviarse, pero muy cerca de él estaba el capitán dando instrucciones y temía recibir una reprimenda. Esperó un rato para ver si se marchaba. Cuando se marchó los tambores resonaban más cerca. El soldado dudó porque nadie se movía de la formación, pero no podía aguantar más. Se alejó unos metros hacia la retaguardia y los que estaban a su lado le dijeron algo que no oyó. Desde otra fila se alzó una voz que lo insultaba llamándolo cobarde y desertor. Cuando volvió la vista irritado todos lo miraban. Avergonzado y sin ganas de dar explicaciones tuvo que regresar a su fila. Al momento regresó el capitán para darles una arenga que duró treinta y cinco minutos, tanto que los tambores casi no dejaron oír sus últimas palabras. El soldado no podía más. Pensó que con la cercanía del enemigo sus compañeros, excitados ante el combate, no repararían en su fugaz ausencia. Esperó unos minutos más y volvió a escabullirse lentamente hacia la retaguardia. Entonces empezó a quitarse la armadura; primero el yelmo porque con él no veía; el faldón estaba sujeto al peto y tuvo que quitarse ambos; después la pancera; la pernera también, para bajarse la coquilla que se había enganchado; por último los guantes.
Cuando, ya a punto de reventar, la mano deslizaba hacia abajo el calzón, empezaron a silbar sobre su cabeza las primeras flechas.

Cada mañana

martes 13 de enero de 2009

te saludo con una inclinación
o una tentativa de homicidio
a ti
también

y a ti que caminas
hacia un reguero de pólvora / todos

los días llueve
debajo de los puentes y yo
calado hasta los huesos
esperando una bala perdida
un episodio
que tenga tu ropa en los créditos

cuánto amanece si amanece uno solo

aún así te confieso
que no sé dormir
a tu lado
si me tocas.

Mensual (poema menstrual)

lunes 12 de enero de 2009

me vendrás a decir que la culpa de todo
de que se te cayera el helado / de
los meteoritos

y te manchara la blusa
dejándote el día como un borrón de típex
deslucida adolescente tienes
solo quince años

y en el sexo un saxofón de cosquillas

el malhumor es la sombra que te haces
me vendrás a decir
que la culpa de todo

del helado también de
los meteoritos
de la puñetera vía láctea
cabalgando a lomos de un dios empalmado

de las horas que te pasas
en el cuarto de baño
cambiándote de bragas de eso sí
tengo yo la culpa.

domingo 11 de enero de 2009

No quiero ser impertinente, pero por las noches paso frío. Hay quien se queja de que el agua de la ducha no le sale con la suficiente presión, hay quien se queja de que en la tostadora no le caben los molletes (me refiero al pan, no creo que alguien intente meter la cara). Yo me quejo de que por las noches paso frío. Además, el agua de la ducha no me sale con presión y no me caben en la tostadora los molletes (ya saben cuáles).
Duermo con tres mantas, quiero decir que me tapo con ellas, no que las acueste a mi lado y les susurre cosas al oído; en ese caso tendría sentido que pasara frío. Bien, me tapo con ellas de manera que casi no puedo respirar. ¿Cuánto pesa una manta? No lo sé, pero tres pesan mucho, hasta el punto de que no puedo darme la vuelta en la cama, como caigo me quedo. El proceso es el siguiente: entro en la habitación (porque la cama está en una habitación, no soy tan raro) con el teléfono móvil; deposito el móvil en la mesilla de noche y echo hacia atrás la primera manta, después la segunda y por último la tercera; sábanas también tengo pero ya se levantan solas. Acto seguido me meto en la cama, me tapo con las sábanas (eso no lo han aprendido), me cubro con la primera manta, después con la segunda y después con la tercera. Si tengo que levantarme a mear por la noche (otro día hablaré de mi próstata) llamo a urgencias; si tengo que levantarme a coger un libro porque no me duermo llamo a urgencias; si tengo que levantarme para ir al trabajo (es un decir) llamo a urgencias, les digo que estoy enfermo, pido un justificante médico y sigo durmiendo. Entenderán que así nunca haga la cama, claro, supone un esfuerzo terrible. Para hacer el amor espero a que llegue la primavera o el verano, aunque da mucho coraje porque los planes atractivos, sólo para fastidiar, siempre aparecen en invierno, será por la necesidad de calor. Ligas un sábado (también puedes ligar un martes, pero estarás sereno y eso siempre acaba en matrimonio; o te emborrachas también los martes, en ese caso no te casarás pero acabarás alcohólico, tú eliges) y al salir de la discoteca le dices que hasta luego, que se espere tres o cuatro meses, que te dé el teléfono que ya llamarás. A ver qué pasa. En una ocasión intenté hacer el amor (primero intenté follar) en invierno y fue divertido; no quiero dar detalles pero es cuestión de práctica. O entra a la primera, antes de taparte con las tres mantas, o no entra. Y cuando entra ya no sale, olvídate de movimientos circulares o diagonales o pendulares (¿hay tantos?) o cambiar de postura porque no puedes. Si quieres salir de ahí, llamas a urgencias.
Otro día hablaré de lo que ocurre cuando me ducho (es un decir), de lo lindo que está el bixo cuando enseña las patitas o de los extraterrestres. Lo que quería decir hoy es que, aún durmiendo con tres mantas, paso frío por las noches. Era nada más que eso.

Para qué

sábado 10 de enero de 2009

entonces para qué nos acostumbramos
para qué
medimos los versos los abrimos
los abandonamos

en tu cuerpo
que tirita
como un regalo que se ha caído en el agua

y llenar para qué
de cosméticos la mañana de
panecillos fugaces como estrellas

de aeroplanos de trineos
de penúltimas tentaciones

si se rompieron los hilos
y ni siquiera somos ya
marionetas

los inviernos solo duran
lo que les deja el pasado
entonces

para qué.

La multa

jueves 8 de enero de 2009

Entró en la oficina al alba. Sacó muy despacio el dinero y lo depositó sobre la mesa. El hombre que había sentado al otro lado contó los billetes uno a uno, lentamente. Al fin había pagado la multa.
Lo peor era lo otro, los seis meses de sanción que le quedaban. De nada le había servido protestar, alegar que era urgente que llegase, decir que aquellos límites en su opinión ya no eran apropiados; que, a veces, el mismo cansancio te obligaba a acelerar. No dijo nada de las copas que había tomado por no estropearlo aún más. Recordó con rabia que su mujer jamás se había quejado, a su lado ella siempre parecía cómoda y relajada. Sin embargo, tras el divorcio, su nueva compañera le pedía cada vez que fuese más despacio. Más y más despacio. En ocasiones pensaba que ella quería que no llegara nunca. Tuvo que ser ella quien lo denunció.
Salió de la oficina y se dirigió sin prisa al coche. Condujo despacio hasta casa, respetando con suma obediencia los límites de velocidad. Como siempre había hecho.

Aniversario

miércoles 7 de enero de 2009

repleto de luz como estabas

acodado
cómodamente en la pirueta
quién te vino a decir

con tanto lujo de detalles
que cambiaras el rumbo igual
que el chasquido de una emisora estropeada igual
que un delicado portazo

se desquita el horizonte
vomitando un grano

aunque sabes que todo es mentira

el futuro también
no tienes nada

solo música.

Vas y vienes (poema de amor de ida y vuelta)

martes 6 de enero de 2009

el modo en que te vas
no cabe solamente
en un pozo tiembla el silencio

aquellos pájaros
se adelantan al disparo

si después me contases que regresas caminando
desde que abren las primeras flores
pensaré que has recogido

en tus manos la noche.

lunes 5 de enero de 2009

Cuál es la diferencia entre intentar respirar dentro del agua o aguantar la respiración fuera. Pregunta que me viene a la cabeza a las tres de la mañana, cuando las personas normales duermen o ven películas porno o, los más afortunados, practican el sexo con cualquier desconocido, (o hacen las tres cosas a la vez, los viciosos), harto de dar vueltas en la cama sin encontrar el garbanzo que no me deja dormir. Cuál es la puñetera diferencia. Pues así hasta las cinco.
Como no me ha sucedido nada interesante voy a contar cómo será el día en que me roben. Ese día será viernes y será seguramente después de un jueves. Serán dos los ladrones y, por supuesto, yo no albergaré ninguna sospecha de que me van a robar (si lo hiciera, además de adivino, sería gilipollas por no huir a tiempo).
Me van a dar un susto de muerte. Es el momento que nunca se olvida, el susto, porque siempre pensamos en la cara de idiota que se nos pone y en que una foto en ese instante haría que hasta tu propia madre te negase. Bien, les haré frente y diré: “si tuviera un machete sería una persona con machete” (no sirve de nada pero siempre he querido decir esa frase cuando me atraquen, me hace ilusión). Me pedirán el dinero en un idioma que desconozco (hay muchos) mientras uno de ellos empuñará una navaja de barbero (será un robo chapado a la antigua, un pelín clásico, diría yo, aunque me dejarán bien afeitado). Haré caso a la navaja y le daré veinticinco euros, el móvil, un cupón de descuento en un sex shop, la tarjeta del bonobús y una foto tamaño carnet de mi hermana, ya que mi madre dice que a la niña hay que casarla antes de que se le pase el arroz. Pues eso.
Visto así, hay que pensar que un robo no tiene nada de heroico. Hay quien se enfrenta a los ladrones y se muere; hay quien se muere antes de enfrentarse a los ladrones; hay quienes, como yo, esperan treinta y cinco minutos a que dejen de temblarle la voz y las piernas para ir a una comisaría y decirle llorando al de la puerta que llamen a mi madre, que soy chico y me he perdido, y que traiga de nuevo los pañales. Así será.
Mi vecina de abajo ha venido a pedirme que por favor haga un poco más de ruido en mi piso. Dice que saben que vivo arriba y cuando pasan dos días sin escucharme creen que estoy muerto, que me he caído en la bañera o algo así y se preocupan. Le he dicho que a partir de ahora, de tres a siete de la tarde, me pondré tacones.
Los días son tan cortos todavía que andan en tacataca. Echo tanto de menos al bixo que tengo que ponerme chupe para dejar de llorar.
La diferencia es, por cierto, que en el primer caso acabas mojado. Una revelación.

viernes 2 de enero de 2009

He conseguido estar sesenta y tres horas sin hablar con nadie. Ha sido duro, aunque he de reconocer que ayudó mucho el que tampoco nadie haya intentado hablar conmigo. El truco está en contarle a los objetos inanimados (¿hay alguno animado?) los pensamientos trascendentales que te vienen a la cabeza: me estoy meando, no sé qué voy a cenar hoy, debería haber cambiado las sábanas de la cama, llueve… Nunca te contestan ni te solucionan los problemas, que es justamente lo mismo que hace la mayoría de las personas, pero al menos no se van. (Si lo hicieran, si te contestaran o se fuesen, es cuando habría que empezar a preocuparse y llamar a alguien animado. No a un psiquiatra, mejor a alguien animado).
Por cierto, aquí llueve desde que tengo uso de razón. Llueve como hacen el amor algunos matrimonios: de forma intermitente y con desgana. Llevo varios días intentando hacer algo de deporte y tengo que agradecer a esta bendita lluvia que no me deje. Entre el sonido de la cisterna y el sonido de la lluvia bastante hago con levantar la tapa del wáter. Ahora vengo.
Eso sí, me entretengo mucho viendo la rata que vive en la glorieta (rotonda) que hay junto a mi casa. Admiro mucho a esa rata porque se ha ido a vivir a una isla desierta. Cada día, cuando va al trabajo, vive una auténtica aventura para cruzar la calle (los coches no respetan los pasos de cebra para ratas). Pero al regreso, cuando llega a casa después de una dura jornada y se sienta a contemplar el vasto dominio redondo que es su isla, con su palmera, sus cinco cactus, tres piedras y cuatro señales de dirección obligatoria y ceda el paso, debe sentirse recompensada. Por muy bien que las otras hayan decorado allá abajo las alcantarillas.
Pero basta ya de hablar de mí. El bixo no da señales de vida y el nuevo año parece una novia que se ha caído en un charco. La luna no sale ¿habrá caducado?
Me estoy meando.

Arena

paseamos por la playa atrapamos
un destello
que se filtra entre las nubes
una sonrisa

no sirve de nada una sonrisa
ni las hogueras que encendemos
para alejar el frío al que apuntan las veletas

duérmete si quieres
porque la infancia no volverá esta noche

ni siquiera las otras ni siquiera
las otras.

miércoles 31 de diciembre de 2008

Bien. Inicio este diario cuando son las nueve cuarenta y seis de la noche y el ruido de la cisterna en mi cuarto de baño me obliga a ir a mear cada cinco minutos.
Esta mañana he ido a visitar a mi abuela (que es mayor que yo) y no me ha reconocido. Solo hacía quince años que no iba a verla, así que supongo que la edad le está jugando una mala pasada. Estaba muy preocupada porque el canario le ha cogido hongos. Sospecha del canario de la vecina de arriba aunque no sé cómo puede transmitírselos si nunca lo sacan de la jaula. A lo mejor por el aire, cuando canta.
Hoy es el último día del año y como siempre he hecho un repaso mental de todo lo nuevo que me ha sucedido; he tardado unos veinte segundos. Pasa lo mismo que cuando tienes una agenda y llegas al final y la repasas y ves que no has escrito casi nada y te dices: para eso no necesito yo una agenda. Te quedan las ganas de rellenar las páginas en blanco: 7 de marzo: desayuno con Z, salir a bailar con Y; 28 de junio: arreglar el aire acondicionado, atropellar a un perro… Lo que ocurre es que con la vida eso no se puede hacer y te tienes que joder con todas las páginas en blanco que hay.
Por lo demás, me acuerdo todos los días del bixo y sigo sin limpiar el cuarto de baño. Empiezan a salir unas manchas extrañas en el lugar donde antes había un lavabo. Estoy esperando que se muevan para asustarme.
El sol aún no calienta, debe de ser que aún no le han traído la bombona de butano.

Seremos breves

te sientas junto a todos
hay niños que juegan no hay jardín
la piscina es un cuenco
donde muere un relámpago a veces
reímos

la mesa está congestionada
seremos breves dice el abuelo
con palabras que parecen ligeramente postizas
alzando una copa y algunas telarañas

al tiempo mira con ojos acuosos un lugar
que debe estar aquí mismo
que se enrosca y persiste como un puñal maduro
o una piel de naranja abandonada

el silencio se balancea en un cactus
dos o tres esquinas recogen
con delicadeza la humedad de los cigarrillos

seremos breves
no dejo de pensar si tal vez
no lleguemos al postre.

Insomnio a mediodía

lunes 29 de diciembre de 2008

hoy las horas tienen fiebre
o soy yo
que no domino el arte de estar solo
la irregular muestra de abandono

de objetos
y silencios y cornisas y canciones

todo tirado ahí
como un coche mal aparcado
enfureciendo la juventud
que nos queda

alrededor de nosotros mismos

si me pongo melancólico
no es por desidia ni trapecios
ni tristes paradojas

tú no estás dónde
te has metido
sueño.

Demasiada ropa

Aunque ella era muy mayor nos fuimos a un hotel y sin decir una palabra empezó a quitarse la ropa. Se desprendía de ella como quien tira los años que le sobran: los guantes, el abrigo, cada vez más joven y desnuda, las medias, los pechos..., demasiado niña para amarla, sin saber qué hacía allí, las braguitas con dibujos de virginales flores arrugadas en el suelo...

Navidad

domingo 28 de diciembre de 2008

Nada más despertar, me siento en el sofá y enciendo la tele. Ni siquiera entro en el cuarto de baño para asearme un poco. Ni siquiera doy los buenos días a mi esposa. Ni siquiera, cuando duermo fuera de casa, doy los buenos días a mi amante. Me siento en el sofá y enciendo la tele. Y dejo plácidamente que desde el otro lado alguien, cualquiera, me apague.

Podríamos incendiarnos

sábado 27 de diciembre de 2008

podríamos incendiarnos
no de amor
ni de colillas

y eso que tu pelo huele a humo
y hay tiradas cientos por el suelo
boquiabiertas

cuando muere una colilla
muere un pez

después de tanto tiempo
te cubres la mirada de otra forma
los dedos
ya no tocan un piano

como se toca la heroína
podríamos

incendiarnos
lamernos las heridas con gusto

rasurarnos los recuerdos
para nada

cuando muere una colilla
muere un pez.

Eva con hambre

Había una mujer
alrededor de una manzana,
metáfora del deseo.

La mujer llevaba
un largo vestido adornado
con piernas
y tobillos
de cristal blanquísimo.

La manzana
no era yo.

 
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