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El otro lado

lunes, 28 de febrero de 2011

El muchacho está parado sobre la acera, en la intersección de dos calles. Frente a él el paso de peatones también está inmóvil, como un puente roto dibujado en un plano. El muchacho está de pie, con el cuerpo recto y ágil, semejando un pensamiento que espera, prestando ninguna atención al ronroneo de los coches. Parece que se va a mover, a cruzar la calle en un súbito espasmo de pasos. Se inclina un poco, sus músculos se tensan y un ligero movimiento de su brazo derecho lo delata. El paso de peatones aguarda con las líneas erizadas, con un desafío de navaja o de venganza en su límite. El tráfico descongestiona sus pulmones tóxicos, emite un ruido al pasar que recuerda los balcones abiertos. Se miran. Parece que el muchacho y el paso de peatones se miran desde una distancia telefónica. El muchacho levanta el pie izquierdo y salva el bordillo. Los coches disfrutan del viento. El pie nota caliente el asfalto. Tiembla. El muchacho tiembla. El puente huye.

Ortografía

jueves, 20 de mayo de 2010

Por culpa de una pequeña errata en su noche de bodas no consumaron el amor, lo consumieron.

El audífono

lunes, 3 de mayo de 2010

Al cumplir los sesenta se quedó sordo. Ocurrió de forma gradual, primero escuchando cada vez más lejana la voz de cotorra asustada con que le hablaba su mujer. Al principio le pareció bien, dejaron de molestarle sus chillidos histéricos, pero pronto su vida se convirtió en una película muda. Acudió a un centro especializado y compró un audífono de última generación. Su funcionamiento era sencillo. Después de colocárselo y tras los primeros ajustes para suprimir un turbio sonido como de papel rasgándose volvió a escuchar los cláxones de los coches, el sordo rumor de la ciudad moviéndose, los pájaros. Sin embargo, algo no funcionaba bien: el sonido le llegaba con retardo, igual que la voz de los reporteros que aparecían en los telediarios hablando desde países lejanos. Con su mujer no importaba porque tardaba más en escucharla pero en las tabernas, cuando acudía como de costumbre a las partidas de dominó en el barrio, quedaba como un hueco de tiempo en blanco, los contertulios lo miraban detenidos hasta que él por fin reaccionaba. Un engorro. Tras dos días de pruebas fallidas (y el molesto ruido de papel rasgándose en cada manipulación) y después de aprender de memoria las instrucciones consiguió corregir el defecto. Aunque ahora el ruido le llegaba con adelanto. Antes de que su mujer se quejara por el volumen de la televisión él la oía y se apresuraba a apagarla, así que en realidad ella no hablaba y él, por tanto, la escuchaba sin escucharla. Antes de que le preguntara si había tomado las pastillas él le contestaba, antes de que cada mañana le gritara quejándose de sus ronquidos nocturnos él se disculpaba y ella no tenía nada que decir. Su mujer no se extrañó, por el contrario pensó que gracias a los años de convivencia su marido había acabado por adquirir de pronto un conocimiento tan profundo de sus gestos que, por fin, la comprendía sin necesidad de que hablara. Por supuesto no era así, pero él no dijo nada. Le bastaba con no escucharla al escucharla. Durante unos meses la felicidad, la paz y el silencio reinaron en la casa. Pero como nada dura eternamente su mujer, que no salía de casa y raramente hablaba con los vecinos, tal vez por esa inhabitual falta de uso de los órganos fonador y auditivo, se quedó también sorda. En casa entró un nuevo audífono, pero al igual que pasó con el primero en este el sonido también llegaba con retraso. Cuando el marido contestaba inmediatamente a alguna pregunta que ella todavía no había hecho, el retardo hacía que la respuesta tardara tanto en llegar que se veía obligada a repetir la pregunta y entonces no tenía más remedio que escucharla. Exactamente igual ocurría con los reproches y con las quejas. En vano intentó arreglar el audífono, no consiguió de ningún modo ajustarlo. Únicamente el día que, harto ya de escuchar a su mujer, se decidió a pedir el divorcio, ella confesó extrañada que no le llegaba nada de lo que decía, que solo podía oír un ruido como de papel rasgándose.

El corazón atravesado

miércoles, 14 de abril de 2010

Una fría mañana de abril de 1839 un apuesto joven recién casado, minutos antes de batirse en duelo tras verse envuelto la noche anterior en una trifulca callejera, dibujó con su espada en la corteza de un árbol un corazón atravesado, con el nombre suyo y el de su amada, como último mensaje de amor para su dulce esposa por si acaso la suerte no le sonreía. Su adversario, hombre muy hábil y experto en este tipo de combates, en otro árbol cercano dejó también un corazón atravesado, sin nombre alguno. Como era de esperar fue el que a la postre más conmovió a la esposa del primero.

Tal vez mañana

miércoles, 17 de marzo de 2010

Todas las noches la puta me invita a una copa, desliza su mano entre mis muslos mientras yo le hablo con desgana del duro trabajo en la oficina. Intenta besarme en los labios y se entristece un poco si no la dejo. En la barra estamos solos ella y yo, y el barman alejado en una esquina midiendo el brillo de las copas vacías. El bar también está vacío, igual que siempre. Me pregunta vaguedades sobre mi vida y sus palabras son amables como sus manos, que me acarician desde una ternura lenta. Después me enseña un fajo de billetes y tira de mi brazo, sin premura, hasta una habitación desvencijada donde le hago el amor durante un rato, cayéndome dentro pero casi sin estar allí. Ella me observa y se da cuenta de todo, y a veces se achica y su orgasmo tiene entonces un disparo de fogueo. Cuando me visto siempre mido el tiempo y lo retardo con cautela mientras ella, algo incómoda tal vez porque sabe del artificio del momento, deja el dinero sobre la mesilla, llenándolo todo. Siempre salgo después que ella, tras contar uno a uno los billetes, sabiendo que están todos, todavía, eso creo, impregnados con el calor de sus senos. Me espera siempre en la barra de nuevo, para decirme adiós cuando me vuelvo antes de franquear la puerta de salida, con los ojos ¿de quién? asustados y llenos de lágrimas, y la incertidumbre como un vaso de plomo queriendo saber si regresaré mañana.

La última vez

viernes, 1 de enero de 2010

Le gustaba esa chica. A pesar de que siempre estaba haciéndose el gracioso era tan tímido que no se atrevía a hablar con ella. Tal vez por eso cada vez que pasaba a su lado solo era capaz de fingir un tropiezo, se hacía el despistado y simulaba chocar contra una puerta. Otras veces se trababa los pies adrede y acababa empujando a otro compañero. En la escalera se trastabilleaba y fingía estar a punto de caer para en el último momento agarrarse ágilmente a la barandilla. Le salía muy bien. A ella le brotaba una sonrisa amplia cada vez, y se tapaba la boca con un gesto disimulado de terror. Él se sentía orgulloso al saber que sonreía gracias a su juego. En secreto pensaba que tal vez así la conquistaría. La última vez que lo hizo soltó una carcajada muy grande, mientras él cruzaba la calle y parecía tropezar con el bordillo. Hasta el sonido de unas ruedas frenando quedaba perfecto en la escena. Al día siguiente, ella lo esperaría en la puerta del colegio hasta muy tarde, seguramente ya enamorada.

El concierto

lunes, 7 de diciembre de 2009

Todo estaba preparado: el escenario con todos los instrumentos colocados en su sitio y bien afinados, los músicos también bien colocados. El público llenaba el recinto y esperaba expectante. La noche era espléndida, como un seno maduro. Llegó la hora y el público aclamó a los artistas, que surgieron de pronto con sus pantalones ajustados y sus melenas permanentes. El cantante agarró el micrófono y jaleó a los asistentes. Después contó hasta tres y el guitarra tocó los primeros acordes… Un murmullo general creció desde el gentío. No sonaba nada. Los artistas no parecieron darse cuenta y siguieron tocando; el batería agitaba sus brazos y aporreaba frenético con sus baquetas, el bajo parecía poseído por un espíritu maligno. El cantante corría de acá para allá con el micrófono en la mano recitando sus versos. Pero nadie podía escucharlos, el sonido no llegaba ni a los que estaban en las primeras filas. Después de los primeros momentos de estupor los asistentes comenzaron a gritar improperios mientras unos pocos, los más furibundos, tiraban algunas botellas sobre el escenario. Los músicos iniciaron la segunda canción sin reparar en nada y en la tercera algunos asistentes decepcionados empezaron a marcharse rompiendo las butacas y las puertas. Unos pocos intentaron llegar hasta el escenario pero fornidos guardias de seguridad se lo impidieron. Mediado el silencioso concierto quedaban pocos adeptos en el recinto, la mayoría demasiado borrachos para darse cuenta de lo que en realidad pasaba. El local parecía un campo de batalla. Cuando, poco antes de la última canción, el recinto quedó vacío, los músicos se miraron satisfechos, enchufaron con calma sus instrumentos a los enormes altavoces y, tras el agudo silbido de una nota distorsionada que rebotó en las paredes silenciosas, se dispusieron a tocar los primeros compases de los siempre anhelados bises.

4:00 a.m.

martes, 24 de noviembre de 2009

Dudaba como dudan las alfombras. Quedó desnuda al borde de la bañera, hizo un ovillo con la resaca y dejó que rodara sin consignas, apenándose un poco en los vértices. La cuchilla tenía un filo de araña, circundado por una pátina amarilla de hielo romo. En la habitación se escucharon toses y tres o cuatro cigarros echaron de pronto a volar con un ruido de insecto quemado. La tos número uno quedó desmayada en el gabán, la tos número dos inició una espiral mística y dobló triunfal las toallas. La tos número tres torció el gesto y los umbrales y se metió en su boca dejándole un sabor a pene vacío, a cocina extraña. De pronto, tal vez ayudada por unas zapatillas que de pronto y desde lejos imitaban a una lija, fue como si la duda hubiera encallecido y encanecido y vomitó sobre sí misma con sumo cuidado. Y aparcó a la chica desnuda dentro de la bañera, sin cuchilla y sin pena. Sin ganas.

Leche condensada

jueves, 5 de noviembre de 2009

Abro el mueble bar y no hay nada. Nada de lo que yo estoy buscando. Mi madre esconde el bote de leche condensada para que yo no lo encuentre. Busco en el armario de la ropa y tampoco hay nada, solo las botellas de ginebra que guarda mi padre para que nadie pueda quitárselas. En un cajón de la mesilla de noche encuentro la pistola que mi hermano esconde desde que se hizo skin, pero la leche condensada no aparece. Miro en el trastero y solo hay objetos robados, una radio, una tele, ordenadores ocultos tras cajas bien disimuladas. Pregunto a mi hermana pero no me contesta, como siempre. Revuelvo en su habitación, en su joyero hay pastillas y hachís, pero no leche condensada. Miro debajo de la cama de mis padres y encuentro un hombre escondido, semidesnudo. Le pregunto si sabe algo de la leche condensada que guarda mi madre. Tras pensarlo un momento sonríe, pero tampoco suelta prenda. Aburrido, decido esperar a la merienda, con la esperanza de que mi madre rellene con ella el bollo que me da. Aparece mi hermana con los ojos rojos, mi hermano ha salido, mi padre llega oliendo a ginebra. Miro a mi madre, con la carita sonrosada, y me ofrece un bocadillo de mortadela. Le pregunto dónde está la leche condensada. Me observa despacio y responde:
- Este niño es tonto-, mientras, abre el frigorífico y saca la leche condensada- ¿dónde va a estar? En su sitio, como todo.
Como todo.

Sueño

domingo, 4 de octubre de 2009

Empezó en el metro de Madrid, en una joven estudiante de tercer curso de medicina que había dormido poco preparando el examen de anatomía. Una anciana que iba a visitar a su nieto enfermo y esa mañana había madrugado la miraba con ternura. De la anciana pasó, recorriendo el vagón de norte a sur, por un ejecutivo de una compañía telefónica, por una madre y su hija que iban al médico y por dos divorciados que volvían de una noche de juerga, después se paró un segundo hasta dar con dos turistas ingleses que estaban a punto de bajar en Atocha y prendió en el andén sobre una argentina que empezaba a tocar el violín como todas las mañanas. No fue difícil subir las escaleras mecánicas con los seis jóvenes que todavía celebraban la victoria de su equipo desde la noche antes. Ya en la calle pareció morir, pero se agarró de reojo y casi de milagro a un albañil que rápidamente lo dejó en el quiosco donde tres hombres mayores y una puta compraban sendos periódicos y una tableta de chicles. De la puta pasó sin dificultad al quiosquero y a doce aburridos señores que tomaban café en el bar de la esquina. A partir de aquí se bifurca, pero seguiremos a uno de ellos que acababa de pagar y salió en dirección opuesta a la estación de tren, donde se cruzó con un autobús del inserso que en ese momento estaba a punto de descargar cuarenta y tres exhaustos ancianos en la puerta de la estación. No fue difícil que prendiera en la estación, bifurcado en dos ramas principales. Una de ellas murió cuando al pasar delante de un joven de veinte años, este volvió la cabeza para observar el trasero de una inmigrante brasileña que limpiaba la cristalera en una tienda de regalos. La otra rama saltó desde una joven promesa del toreo parado en el andén número cuatro hasta un vendedor de jabones que llegaba en un tren de Zaragoza. De ahí pasó con una fugaz mirada a la azafata que comprobaba los billetes en el Ave de las 9,30 con dirección a Sevilla. A partir de aquí sucedió lo inexplicable. Nadie podría imaginar que llegara a Sevilla, teniendo en cuenta que solo son más o menos cuatrocientos pasajeros en tres horas de trayecto. Pero ocurrió el milagro. A intervalos de unos diez segundos fue pasando de uno a otro hasta casi morir en el maquinista en el momento de estacionar en Ciudad Real. El maquinista fue visto por un anciano que todas las mañanas se sentaba en un banco de la estación a ver pasar los trenes y de ahí saltó a un taxista que acababa de dejar a un cliente. Para no cansar demasiado diremos que se dio una vuelta por la ciudad para regresar a la estación a lomos de una exuberante asesora de imagen de una marca de cosméticos. Entró en el Ave de las 11,26 con dirección a Córdoba y Sevilla. Al llegar a Córdoba visitó la mezquita con un grupo de finlandeses jubilados y regresó para tomar el ave de las 14,02 junto a un concejal de izquierda unida que viajaba a Sevilla para una manifestación contra el despido libre. Finalmente, después de casi morir sobre dos personas que tuvieron que repetir entrando en la estación de Santa Justa, se colocó sobre un soldado de permiso que subía las escaleras mecánicas para encontrarse con su novia. En la sala de espera volvió a prender con fuerza en varias direcciones. Nos interesa la dependienta que acababa de terminar su turno y salía cansada por la puerta norte. De allí llegó no sin dificultades a un cercano campo de fútbol donde recorrió las gradas como una ola pequeñita para seguir, siempre en dirección norte, a lomos de un ciclista primero, de un motorista después y por último del conductor de Tussan de la línea doce. En el primer semáforo casi se durmió en el negro que vendía pañuelos de papel. Saltó con pereza a un coche que torció a la derecha y se quedó caminando con cuatro mujeres que charlaban en dirección al parque de Miraflores. Allí entró en el bloque 51 de la mano de un niño con muletas que se encontró al entrar en el ascensor con tres vecinos. El último que se bajó era mi hermana, en el piso octavo, a la que abrí en el momento justo para que saltara sobre mí mientras hablaba por teléfono con mi novia, estudiante de tercer curso de Medicina y que esa mañana acababa de hacer un examen de anatomía. Sobre mí duró lo que duran todos los bostezos, casi nada.

La casa de Bernarda Malva

jueves, 10 de septiembre de 2009

Aquella puritana familia había perdido un miembro. Afligida estaba Adelaida, la viuda, y más aún cuando supo que su inflexible madre le había impuesto un riguroso luto, el mismo que irracionalmente habían seguido todas las anteriores mujeres de la familia siempre que moría un marido o el padre. Sus creencias animistas los obligaban a cambiar de estado o situación de forma gradual, como ocurre con el paso de la noche al día, así que se estableció un periodo inicial de riguroso negro durante los dos primeros años, puertas, ventanas y demás orificios cerrados a cal y canto. Después otros dos años de un color café, entreabriendo la ventana del patio interior en otoño para dejar pasar el aire de lluvia. Sucesivamente, cada dos años aparecían nuevos colores en la ropa y nuevas aperturas al exterior; así llegó la época del castaño y la apertura del portón de la cuadra; el caqui y la ventana de la cocina; el melocotón y la trampilla del desván; el pardo, el almendra, el gris , el beige; la puerta del patio, la ventana del comedor, la claraboya del soberado, la persiana de la habitación. La alegría era ya palpable en la casa de la familia puritana. Adelaida olvidaba sus penas, el color crema le sentaba bien; dos años. El color perla le hacía los ojos más hermosos, la luz se filtraba ya por la ventana del baño, medio abierta. Dos años. El primer traje blanco a punto de estrenarse, cosido con devoción para lucirlo ante la admiración de todo el pueblo. La puerta de la calle que por fin se abre, confundiendo sus chirridos con el llanto de Adelaida por la muerte de su padre, al que sacan de la casa metido en una caja de un color muy negro.

El desafortunado Roth

lunes, 10 de agosto de 2009

El desafortunado Roth tenía la desgracia de crecer siempre después de que el sastre le hubiera tomado medidas. Así, por ejemplo, el día de su comunión llevaba los pantalones por encima de los tobillos, las mangas por encima de las muñecas y los hombros le apretaban tanto que caminaba como si estuviese colgado de una percha.
Años más tarde, cada vez que tenía que ir a un bautizo, a la boda de un amigo o a la cena de fin de año, Roth se deprimía profundamente. De nada servía que el sastre dejara un margen de tela en previsión de un crecimiento inesperado. Siempre, el día del estreno había crecido tanto que todo traje lo dejaba en el más absurdo ridículo.
No es extraño, en esas circunstancias, que a pesar de haber tenido varias novias formales y un tremendo deseo de casarse, nunca hubiese dado el paso de pedirles matrimonio. No se atrevía, el día en que debía ser el centro de todas las miradas, a aparecer con un frac irrisorio que dejase sus delgadas pantorrillas al aire, o con un chaqué que no pudiera abotonarse, o con una levita que quedara por encima de su cintura. Finalmente, aburridas de esperar, todas lo abandonaban.
Y así fue como el pobre Roth dejó de asistir a los grandes eventos sociales de su comunidad, y quedó solo y soltero para siempre.
Hasta el día en que murió, día en que por fin el traje que el sastre le hizo no le quedó pequeño y pudo lucirlo con elegancia, las mangas cubriendo con delicadeza las muñecas, los pantalones dos dedos por encima del tacón de los zapatos, los tres asistentes al velorio comentando al mismo tiempo el porte del finado y las noticias que llegaban de una televisión cercana anunciando a bombo y platillo las primeras bodas hawaianas.

Extraño

jueves, 6 de agosto de 2009

- Si te atropellan después de la cópula – le decía a su amigo mientras tomaban una caña en la terraza de un bar-, has tenido mala suerte. Igual que aquel perro que ves tirado en la carretera. Hace diez minutos estaba pegado a una perra tras aquellos cubos de basura. Los he estado observando un buen rato. Después se han marchado cada uno por su lado. La perra ha desaparecido y él ha dado un par de vueltas por aquí, olisqueando debajo de las mesas. Al rato ha cruzado la carretera. Entonces ha sido cuando lo atropellaron. Es extraño.
- ¿Por qué? No me parece extraño, estaría algo cansado y distraído después del acto y no se dio cuenta.
- Sí es extraño. Muy extraño.
- ¿Por qué?
- Conducía ella.

Cine de verano

sábado, 20 de junio de 2009

Es una noche calurosa de julio de 2009 y todos han ido al cine de verano. Proyectan una película realizada en los años cuarenta, en la pantalla aparece un galán con el pelo engominado que sujeta dulcemente por los brazos a una chica pelirroja y acto seguido intenta besarla. Ella mira al público avergonzada y lo rechaza. Quedan un instante quietos y en silencio hasta que él también mira al público y comprende. Al poco se inclina hacia ella y le susurra al oído: no te preocupes, amor, aún no pueden vernos. La besa.

Tendencias

sábado, 6 de junio de 2009

La tendera tendía la ropa mientras el marido tendía a no hacer nada. Al llegar la noche ella a tendía a los niños y él se tendía en la cama. Por detalles así nunca se en tendían.

El sustituto

jueves, 30 de abril de 2009

He perdido el pene. No sé cómo ha ocurrido pero he perdido el pene. Me palpo la entrepierna buscándolo como un loco y no lo encuentro. Miro entre las sábanas, entre las mantas, me quedo pensando cuándo lo vi por última vez. Anoche lo tenía. Recuerdo que fui al baño y que después me acosté y lo tenía. Me levanto, miro bajo la cama, dentro de las zapatillas, debajo del colchón, me quedo en pelotas y me palpo de nuevo. No encuentro mi pene. Me estoy poniendo cada vez más nervioso. Intento relajarme. Me digo: si tampoco lo usas tanto, piensa que si no lo encuentras tampoco pierdes mucho, podrás acostumbrarte, llevar una vida normal, más relajada tal vez. No me sirve. Quiero mi pene. Vuelvo a recordar que anoche lo acaricié ligeramente antes de dormirme. Se me saltan las lágrimas y me enfado conmigo mismo por no haberle prestado más atención. Siempre echamos de menos las cosas cuando ya no las tenemos. Me prometo a mí mismo no dejar de tocarlo y cuidarlo si lo encuentro. Tengo que encontrarlo. Me pongo los calzoncillos y queda un hueco informe donde tendría que estar el bultito de mi pene. Las lágrimas no me dejan ver. Dónde está mi pene. Desesperado salgo al baño a lavarme la cara y al volver le doy una patada a algo que rueda debajo de la cama. Mi pene. Me agacho y lo recojo como quien recoge a un recién nacido. Mi pene. Ni siquiera lo limpio de pelusas ni de polvo, con prisas vuelvo a colocarlo en su sitio. Por fin. Mi pene. Más tranquilo comienzo a vestirme y al calzarme observo que he perdido el dedo gordo del pie derecho. No puede ser. Me bajo de nuevo los calzoncillos y ahora sí, ahora limpio con cuidado el apéndice que hay colocado entre mis piernas. Me encojo de hombros. Mientras no olvide cortarme las uñas…

Carnet de conducir

viernes, 17 de abril de 2009

El día que en la autoescuela explicaron que detrás de un balón siempre viene un niño, y que por tanto es importante frenar y anticiparse a la posibilidad de un atropello, Joaquín estaba algo despistado mirando el escote de su compañera de pupitre y lo entendió al revés, es decir, que detrás de un niño siempre viene un balón. En consecuencia, cada vez que un niño cruzaba la calle delante de su coche Joaquín frenaba presto y no reemprendía la marcha esperando que pasara el balón. Huelga decir las molestias que eso acarreaba al resto de automovilistas. Pero Joaquín, ajeno al sonido de los cláxones y a los variados improperios, esperaba pacientemente a que pasara algún balón. Sin embargo, esto nunca sucedía y Joaquín comenzaba a pensar que ya iba siendo hora de revisar las normas de circulación.
Hasta que un día Joaquín vio pasar el balón justo delante de su coche. No le importó no ver al niño antes, me habré despistado, pensó. Tuvo solo que frenar un poco para ver cómo el balón cruzaba lentamente la calle botando y se quedaba parado junto a la acera. Pues tenían razón en la autoescuela, se dijo. Para no impacientar a los conductores que se acercaban por detrás, Joaquín aceleró a tope.

Cambio horario

lunes, 6 de abril de 2009

El niño grita:
- ¡Es la una y cuarenta y dos!.
Yo estoy sentado frente al ordenador, mirando el fondo de una pared blanca y rodeado de silencio. El niño desde la calle vuelve a gritar:
- ¡Una y cuarenta y tres!.
Intento escribir una historia sobre el tiempo que pierdo mirando el fondo de las paredes, rodeado de silencio, y el niño de nuevo me distrae con su voz de orina:
- ¡Es la una y cuarenta y cuatro!
El reloj del ordenador marca la una y cuarenta y dos, parece que el niño se adelanta dos minutos. Durante un buen rato me quedo quieto, sin hacer ni pensar nada, mirando el fondo de una pared blanca y rodeado de silencio. Después, de pronto, como si despertase de un sueño, miro el reloj del ordenador: marca la una y cuarenta y siete. El niño grita:
- ¡Una y cuarenta y cinco!
Tengo miedo.

Historia triste

sábado, 4 de abril de 2009

La pequeña Celia tenía los ojos dorados, un mechón rubio en el pelo que hacía que su cabeza pareciese un campo de trigo desmayado y arrastraba siempre con su mano derecha un cubo lleno de piedras.
La pequeña Celia suspendía siempre Educación Física, llegaba siempre tarde a las fiestas de cumpleaños y nunca jugaba a saltar la comba.
Cuando caminaba el cubo hacía un ruido de tractor averiado. Los niños nunca la sacaban a bailar y a su madre le dolía la espalda cuando intentaba cogerla en brazos.
El día que la llevaron a la playa Celia iba dejando un surco en la arena con su cubo lleno de piedras, a veces se paraba a descansar y los rudos pescadores se acercaban a mirar dentro del cubo para ver si había peces. Después se marchaban decepcionados.
Al caer la tarde Celia se llenó de agua y en el cubo apareció un pez, y el surco de arena que entraba en el mar cuando subió la marea parecía un mechón de nada.

Manía persecutoria

domingo, 8 de marzo de 2009

Aquel hombre la seguía. En la calle no había nadie, solo ellos dos. Por el rabillo del ojo miraba hacia atrás y siempre estaba ahí, siguiéndola, a veces más cerca y otras algo más alejado, pero siempre ahí. A pesar de estar agotada aceleró un poco más. Le faltaba la respiración, empezaba a marearse pero hizo un esfuerzo y consiguió ir más deprisa. El hombre seguía detrás. Comenzó a tener miedo y pensó en pedir auxilio, pero no podía parar si no quería que la alcanzase y ya no le quedaban fuerzas para gritar. Exhausta, con los brazos agarrotados y las piernas acalambradas, se paró, se quedó en un extremo de la calle mirando cómo el hombre, de aspecto irreconocible, se acercaba lentamente, tanto que casi podía tocarla. Se tapó la cara con las manos y cerró los ojos en un gesto instintivo de protección. Cuando los abrió de nuevo, vio al hombre junto a ella, que empezaba a nadar la calle en dirección opuesta, con suaves brazadas y elevando un instante en el aire de la piscina cubierta pequeñas gotas que rápidamente volvían a caer al agua. Lo miró alejarse y empezó a nadar. Ahora lo seguía ella.

 
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