El otro lado
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Ortografía
jueves, 20 de mayo de 2010
Por culpa de una pequeña errata en su noche de bodas no consumaron el amor, lo consumieron.
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El audífono
lunes, 3 de mayo de 2010
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El corazón atravesado
miércoles, 14 de abril de 2010
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Tal vez mañana
miércoles, 17 de marzo de 2010
Todas las noches la puta me invita a una copa, desliza su mano entre mis muslos mientras yo le hablo con desgana del duro trabajo en la oficina. Intenta besarme en los labios y se entristece un poco si no la dejo. En la barra estamos solos ella y yo, y el barman alejado en una esquina midiendo el brillo de las copas vacías. El bar también está vacío, igual que siempre. Me pregunta vaguedades sobre mi vida y sus palabras son amables como sus manos, que me acarician desde una ternura lenta. Después me enseña un fajo de billetes y tira de mi brazo, sin premura, hasta una habitación desvencijada donde le hago el amor durante un rato, cayéndome dentro pero casi sin estar allí. Ella me observa y se da cuenta de todo, y a veces se achica y su orgasmo tiene entonces un disparo de fogueo. Cuando me visto siempre mido el tiempo y lo retardo con cautela mientras ella, algo incómoda tal vez porque sabe del artificio del momento, deja el dinero sobre la mesilla, llenándolo todo. Siempre salgo después que ella, tras contar uno a uno los billetes, sabiendo que están todos, todavía, eso creo, impregnados con el calor de sus senos. Me espera siempre en la barra de nuevo, para decirme adiós cuando me vuelvo antes de franquear la puerta de salida, con los ojos ¿de quién? asustados y llenos de lágrimas, y la incertidumbre como un vaso de plomo queriendo saber si regresaré mañana.
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La última vez
viernes, 1 de enero de 2010
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El concierto
lunes, 7 de diciembre de 2009
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4:00 a.m.
martes, 24 de noviembre de 2009
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Leche condensada
jueves, 5 de noviembre de 2009
Abro el mueble bar y no hay nada. Nada de lo que yo estoy buscando. Mi madre esconde el bote de leche condensada para que yo no lo encuentre. Busco en el armario de la ropa y tampoco hay nada, solo las botellas de ginebra que guarda mi padre para que nadie pueda quitárselas. En un cajón de la mesilla de noche encuentro la pistola que mi hermano esconde desde que se hizo skin, pero la leche condensada no aparece. Miro en el trastero y solo hay objetos robados, una radio, una tele, ordenadores ocultos tras cajas bien disimuladas. Pregunto a mi hermana pero no me contesta, como siempre. Revuelvo en su habitación, en su joyero hay pastillas y hachís, pero no leche condensada. Miro debajo de la cama de mis padres y encuentro un hombre escondido, semidesnudo. Le pregunto si sabe algo de la leche condensada que guarda mi madre. Tras pensarlo un momento sonríe, pero tampoco suelta prenda. Aburrido, decido esperar a la merienda, con la esperanza de que mi madre rellene con ella el bollo que me da. Aparece mi hermana con los ojos rojos, mi hermano ha salido, mi padre llega oliendo a ginebra. Miro a mi madre, con la carita sonrosada, y me ofrece un bocadillo de mortadela. Le pregunto dónde está la leche condensada. Me observa despacio y responde:
- Este niño es tonto-, mientras, abre el frigorífico y saca la leche condensada- ¿dónde va a estar? En su sitio, como todo.
Como todo.
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Sueño
domingo, 4 de octubre de 2009
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La casa de Bernarda Malva
jueves, 10 de septiembre de 2009
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El desafortunado Roth
lunes, 10 de agosto de 2009
Años más tarde, cada vez que tenía que ir a un bautizo, a la boda de un amigo o a la cena de fin de año, Roth se deprimía profundamente. De nada servía que el sastre dejara un margen de tela en previsión de un crecimiento inesperado. Siempre, el día del estreno había crecido tanto que todo traje lo dejaba en el más absurdo ridículo.
No es extraño, en esas circunstancias, que a pesar de haber tenido varias novias formales y un tremendo deseo de casarse, nunca hubiese dado el paso de pedirles matrimonio. No se atrevía, el día en que debía ser el centro de todas las miradas, a aparecer con un frac irrisorio que dejase sus delgadas pantorrillas al aire, o con un chaqué que no pudiera abotonarse, o con una levita que quedara por encima de su cintura. Finalmente, aburridas de esperar, todas lo abandonaban.
Y así fue como el pobre Roth dejó de asistir a los grandes eventos sociales de su comunidad, y quedó solo y soltero para siempre.
Hasta el día en que murió, día en que por fin el traje que el sastre le hizo no le quedó pequeño y pudo lucirlo con elegancia, las mangas cubriendo con delicadeza las muñecas, los pantalones dos dedos por encima del tacón de los zapatos, los tres asistentes al velorio comentando al mismo tiempo el porte del finado y las noticias que llegaban de una televisión cercana anunciando a bombo y platillo las primeras bodas hawaianas.
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Extraño
jueves, 6 de agosto de 2009
- Si te atropellan después de la cópula – le decía a su amigo mientras tomaban una caña en la terraza de un bar-, has tenido mala suerte. Igual que aquel perro que ves tirado en la carretera. Hace diez minutos estaba pegado a una perra tras aquellos cubos de basura. Los he estado observando un buen rato. Después se han marchado cada uno por su lado. La perra ha desaparecido y él ha dado un par de vueltas por aquí, olisqueando debajo de las mesas. Al rato ha cruzado la carretera. Entonces ha sido cuando lo atropellaron. Es extraño.
- ¿Por qué? No me parece extraño, estaría algo cansado y distraído después del acto y no se dio cuenta.
- Sí es extraño. Muy extraño.
- ¿Por qué?
- Conducía ella.
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Cine de verano
sábado, 20 de junio de 2009
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Tendencias
sábado, 6 de junio de 2009
La tendera tendía la ropa mientras el marido tendía a no hacer nada. Al llegar la noche ella a tendía a los niños y él se tendía en la cama. Por detalles así nunca se en tendían.
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El sustituto
jueves, 30 de abril de 2009
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Carnet de conducir
viernes, 17 de abril de 2009
El día que en la autoescuela explicaron que detrás de un balón siempre viene un niño, y que por tanto es importante frenar y anticiparse a la posibilidad de un atropello, Joaquín estaba algo despistado mirando el escote de su compañera de pupitre y lo entendió al revés, es decir, que detrás de un niño siempre viene un balón. En consecuencia, cada vez que un niño cruzaba la calle delante de su coche Joaquín frenaba presto y no reemprendía la marcha esperando que pasara el balón. Huelga decir las molestias que eso acarreaba al resto de automovilistas. Pero Joaquín, ajeno al sonido de los cláxones y a los variados improperios, esperaba pacientemente a que pasara algún balón. Sin embargo, esto nunca sucedía y Joaquín comenzaba a pensar que ya iba siendo hora de revisar las normas de circulación.
Hasta que un día Joaquín vio pasar el balón justo delante de su coche. No le importó no ver al niño antes, me habré despistado, pensó. Tuvo solo que frenar un poco para ver cómo el balón cruzaba lentamente la calle botando y se quedaba parado junto a la acera. Pues tenían razón en la autoescuela, se dijo. Para no impacientar a los conductores que se acercaban por detrás, Joaquín aceleró a tope.
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Cambio horario
lunes, 6 de abril de 2009
El niño grita:
- ¡Es la una y cuarenta y dos!.
Yo estoy sentado frente al ordenador, mirando el fondo de una pared blanca y rodeado de silencio. El niño desde la calle vuelve a gritar:
- ¡Una y cuarenta y tres!.
Intento escribir una historia sobre el tiempo que pierdo mirando el fondo de las paredes, rodeado de silencio, y el niño de nuevo me distrae con su voz de orina:
- ¡Es la una y cuarenta y cuatro!
El reloj del ordenador marca la una y cuarenta y dos, parece que el niño se adelanta dos minutos. Durante un buen rato me quedo quieto, sin hacer ni pensar nada, mirando el fondo de una pared blanca y rodeado de silencio. Después, de pronto, como si despertase de un sueño, miro el reloj del ordenador: marca la una y cuarenta y siete. El niño grita:
- ¡Una y cuarenta y cinco!
Tengo miedo.
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Historia triste
sábado, 4 de abril de 2009
La pequeña Celia tenía los ojos dorados, un mechón rubio en el pelo que hacía que su cabeza pareciese un campo de trigo desmayado y arrastraba siempre con su mano derecha un cubo lleno de piedras.
La pequeña Celia suspendía siempre Educación Física, llegaba siempre tarde a las fiestas de cumpleaños y nunca jugaba a saltar la comba.
Cuando caminaba el cubo hacía un ruido de tractor averiado. Los niños nunca la sacaban a bailar y a su madre le dolía la espalda cuando intentaba cogerla en brazos.
El día que la llevaron a la playa Celia iba dejando un surco en la arena con su cubo lleno de piedras, a veces se paraba a descansar y los rudos pescadores se acercaban a mirar dentro del cubo para ver si había peces. Después se marchaban decepcionados.
Al caer la tarde Celia se llenó de agua y en el cubo apareció un pez, y el surco de arena que entraba en el mar cuando subió la marea parecía un mechón de nada.
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Manía persecutoria
domingo, 8 de marzo de 2009
Aquel hombre la seguía. En la calle no había nadie, solo ellos dos. Por el rabillo del ojo miraba hacia atrás y siempre estaba ahí, siguiéndola, a veces más cerca y otras algo más alejado, pero siempre ahí. A pesar de estar agotada aceleró un poco más. Le faltaba la respiración, empezaba a marearse pero hizo un esfuerzo y consiguió ir más deprisa. El hombre seguía detrás. Comenzó a tener miedo y pensó en pedir auxilio, pero no podía parar si no quería que la alcanzase y ya no le quedaban fuerzas para gritar. Exhausta, con los brazos agarrotados y las piernas acalambradas, se paró, se quedó en un extremo de la calle mirando cómo el hombre, de aspecto irreconocible, se acercaba lentamente, tanto que casi podía tocarla. Se tapó la cara con las manos y cerró los ojos en un gesto instintivo de protección. Cuando los abrió de nuevo, vio al hombre junto a ella, que empezaba a nadar la calle en dirección opuesta, con suaves brazadas y elevando un instante en el aire de la piscina cubierta pequeñas gotas que rápidamente volvían a caer al agua. Lo miró alejarse y empezó a nadar. Ahora lo seguía ella.
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