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viernes, 12 de marzo de 2010

No sabía que había que hacer cursillos para realizar milagros. Leo en una revista seria que hay un curso titulado: “Introducción a los milagros” y pienso que también en los cursillos, como en tantas cosas, los de antes eran mejores. Claro que, aún así, Jesucristo tuvo que sacar Matrícula de Honor, o doctorarse en milagros, si no no se explica. De cualquier forma, los milagros de hoy en día ya no son como los de antes, donde se ponga una resurrección o el milagro de los panes y los peces que se quite el viagra y que llueva cuando sacan al viejo en los pueblos. (El milagro de los panes y los peces no sirve hacerlo al revés, que eso lo hace cualquiera). A lo mejor es que en esta época sólo se da la introducción a los milagros, mientras que en épocas antiguas había además Curso avanzado de milagros I y II y Licenciatura en milagros (con becas y prácticas en Judea). Yo qué sé.
Han ocurrido muchas cosas en todo este tiempo, aparte de que estoy comenzando a sanar serpientes (en este curso se practica con ellas, si no las curas es que son del diablo). De ellas sobre todo hay dos que me han impactado (no digo serpientes, sino cosas): me he dado un golpe tremendo en las costillas que aún me tiene medio postrado y tengo una contractura en el hombro izquierdo, de otro impacto, impactante también. No sé por qué todas las cosas llegan últimamente del lado izquierdo, como los golpes o las vacaciones forzadas de ese hemisferio cerebral, o la jubilación a los sesenta y siete años. Para compensar, he dejado de mirar hacia la izquierda cuando cruzo la calle, seguro que me va mejor así. Bueno, el caso es que con el dolor de costillas y la contractura no puedo girarme hacia ese lado maldito en la cama, tengo que dormir boca arriba o hacia la derecha. Los sueños que tengo son radicalmente distintos pero lo que realmente me preocupa es que no sé si hay alguien acostado junto a mí en la cama. Siempre duermo en el lado derecho y sospecho que puede haber alguien a mi izquierda, tal vez la última chica que se quedó en casa, allá por el siglo XX. Desde hace unos días percibo un olor extraño en la habitación pero como no puedo girarme… Durante el día nunca me acuerdo de mirar porque me levanto dormido y con la hora pegada en el trasero. Cuando me cure veré, tal vez tenga la posibilidad de poner en práctica las últimas habilidades adquiridas en el maravilloso curso de milagros (con esto no debería interpretarse que los conocimientos en sanación de serpientes vayan a tener las mismas consecuencias en las mujeres o, en caso extremo, que mujeres y serpientes vengan a ser lo mismo. Para nada).
Por otra parte imagino que nadie se pregunta por qué estoy tan impactado y piensan simplemente que soy algo liviano. Pues de todas formas lo cuento: también estoy aprendiendo a patinar. Bueno, de momento aprendo más a caerme. ¿Para qué estoy aprendiendo a patinar? Pues eso no lo sé con seguridad, primero pensé que quedaría muy moderno ir patinando hasta el trabajo y ahorraría algo de tiempo pero he descubierto que no hay patines todoterreno y que tendría siempre que hacer una parada en el hospital más cercano. Después pensé que por lo menos haría amiguitos pero mientras vamos en patines muy bien, las risas y los golpes y todo eso, pero cuando nos quitamos los patines no sabemos qué decirnos, nos quedamos mirando los patines, dándoles vueltas a las rueditas, sin saber qué hacer ni qué decir. A los patines les está pasando como a la cerveza y al café: sin ellos la amistad no existe. Al menos me está sirviendo para poner en práctica algunos remedios milagrosos que he aprendido que, por cierto, para que no haya ningún otro malentendido con los ofidios, no están surtiendo ningún efecto.
Leo una frase de Robert Frost que dice: “La felicidad compensa con altura lo que escatima en longitud” e inmediatamente subo al undécimo piso por si está en venta. Los vecinos me dicen que no pero también que ellos serían más felices si no tuvieran goteras en los techos. Me quedo perplejo porque una felicidad con goteras es lo que ya tenía, y más este año con la que está cayendo.
Al bixo las gotas de lluvia empiezan a salirle por los ojillos y yo las recojo para regar con ellas las alegrías y los pensamientos. Los geranios no que siempre cogen bichos.

jueves, 15 de octubre de 2009

Me parece que acabo de ver un ovni. Estaba yo tumbado (ustedes dirán, pues como siempre, no tiene nada de extraño. Pero no, esta vez era por una noble causa, mi barriga lleva unas dos semanas creciendo al ritmo del ascenso del número de parados y trataba yo de hacerle entrar en razón y también en los últimos agujeros de la correa con dos o tres abdominales); el caso es que en uno de los interminables descansos yacía boca arriba en la terraza de mi piso cuando me quedé mirando una estrella que había justo encima. La visión de las estrellas siempre nos hace pensar cosas profundas cuando estás solo e intentar coger una teta cuando no lo estás. Yo no tenía ninguna teta a mano así que meditaba: qué lejos está, cuánto brilla, mira que si se cayera, cosas filosóficas de esas. Cuando de repente vi que a unos 50 centímetros de donde se posaban mis ojos (en distancias astronómicas creo que es algo más. Y por si alguien que me lea es piloto de aeroplanos bélicos más o menos a las dos en punto) me sorprendió la visión de otra estrella cuya luz era mucho más intensa. Anda, me dije, cómo no la he visto antes, esto debe de ser un planeta (por qué será que todos, cuando miramos al cielo y vemos algo muy brillante pensamos que es un planeta. A veces lo pensamos hasta de las farolas). Para mi sorpresa y la de ustedes ese planeta se movía, y me dije: Anda, un avión incendiado (por qué será que todo lo que brilla y se mueve por el cielo es un avión, sobre todo si parpadea). Pero este no parpadeaba y se fue haciendo cada vez más y más pequeñito hasta que se quedó en nada y yo me quedé con cara de tonto. Cuando todo se acaba es cuando te entran las dudas (no estoy ahora hablando de sexo, aunque también vale) y yo pensaba: ¿me habrá jugado una mala pasada la vista? ¿me habré desmayado un momento y lo he soñado? ¿será una de esas estrellitas que vi justo después de intentar hacer el primer ejercicio? Nada de eso, estoy seguro. He visto un ovni.
Todas las veces que he visto un ovni (no han sido muchas, cinco o seis, sin contar, claro, los efímeros novios que mi hermana traía a casa y que de inmediato, nada más verme con la escopeta, salían volando por el balcón) me he preguntado cómo vivirán en su mundo, si tendrán razas y de qué colores, cómo se reproducirán, si se pondrán ropa de marca. Hoy me he preguntado si también a los machos extraterrestres les molestará tanto bajar la basura. De hecho sabes si un hombre es muy hombre si odia bajar la basura (ni que decir tiene que yo lo detesto). Mientras más lo odies, más machote. Es más, lo peor de todo no es tener que bajar la basura sino estar obligado a poner una bolsa nueva después. Es casi traumático. A veces pasan días y soy incapaz de poner la bolsa nueva. Intento entonces por todos los medios no generar desperdicios. Es duro tener que comerte los huesos de las peras, las cáscaras de los huevos, la piel de los plátanos, el arroz del que ya estás harto, los malos poemas. Pero más duro es tener que poner la irremediable bolsa. Me pregunto si los extraterrestres tendrán una explicación a tan extraño fenómeno, si es que ellos son tan guarros como los humanos. A lo mejor han realizado más avances que nosotros en cuestión de teletransporte y la basura se va sola al lugar ese donde reposan las porquerías. No sé, en esas cosas tan importantes pienso.
Por otro lado, la lluvia que no cae no acaba de limpiar el verano y el bixo, que de gotas de agua sabe mucho, está empezando a sustituirlas por notas musicales.
Anda, si me aligero queda mi ropa caminando detrás como una sombra coloreada, qué curioso.

martes, 18 de agosto de 2009

Pues no, todavía no tengo cuarto de baño. Comenzaron las obras hace exactamente quince días, después de asegurarme que en cinco estaría todo terminado, y aquí seguimos, con el piso invadido por gente rara (gente que se va de vacaciones, gente que regresa de las vacaciones, gente extraterrestre) y meando todavía en una botella de dos litros de coca cola light (después de las tres primeras veces decidí hacer un corte en la boca –de la botella, claro- para ampliarla, porque es difícil atinar con el chorrito y porque se me quedó atrapada dentro).
No es culpa de nadie, son cosas que pasan. Ya me estaba acostumbrando a los primeros albañiles, gente aparentemente normal, si exceptuamos que el oficial llamaba al peón “cabeza de perro” y le faltaba meterle el palaustre por el culo para humillarlo; pero se hablaba de fútbol, de mujeres, de política, lo normal en estos casos en que invaden tu casa y agradeces al menos que no comenten el color de las paredes o la distribución de los cuartos. Otra cosa fue el fontanero, que lo único que hizo bien fue irse. Pero después de cuatro días de maravilloso desorden laboral comenzaron a faltar azulejos (vaya por dios) y había que esperar una semana a que los trajeran nada más y nada menos que de Castellón (y yo pensando en Benicassim, si hubiera ido los habría bajado yo).
Pues ha pasado otra semana y tres azulejos vienen rotos, los nuevos albañiles (¿albañiles?) han roto otros dos y además uno de ellos me habla del color de las paredes. Menos mal que otro fontanero ya me ha puesto los sanitarios (el nombre es del todo apropiado en estos momentos) y hasta ahora está todo casi correcto. Digo casi porque si abres el grifo del lavabo sale el agua desde la ducha, si abres la ducha sale por el bidet, si le das a la cisterna no pasa nada (sí, sí pasa, acabo de descubrir que se encharca una esquina del cuarto de baño). Pequeños detalles, después de todo. Más complicado se hace lo del váter. Lo han colocado (habrá sido un ligero despiste), de cara a la pared, así que para no hacer mis necesidades como si estuviera castigado me siento del revés. Me está resultando muy práctico, porque cuando la cosa se prolonga demasiado (podría decirlo de otra forma, pero a veces los eufemismos son más inquietantes) me llevo un cojincito y puedo echar una cabezadita sobre la cisterna. Más complicado resulta cuando son aguas menores (este eufemismo no es inquietante, es sencillamente estúpido), porque como entonces no me siento, al tener que rebasar la cisterna, he de calcular bien y realizar una parábola perfecta, lo justo para sortear la cisterna y no manchar la pared. Ya lo voy consiguiendo, solo tengo problemas en el tramo final, que es cuando recurro de nuevo a la botella de coca cola.
A día de hoy, queda por llegar el señor de la mampara (suena a película de terror, ya estoy temblando) y la tapa del váter que, como soy muy moderno, la he pedido con un muelle para que no golpee sobre la taza cuando cae (seguramente debe de haber por medio algún trauma infantil, me habré pillado alguna parte del cuerpo con ella de pequeño).
Así que estoy tan contento que esta mañana he decidido pagarles por anticipado. La dependienta me ha preguntado si quiero que me arreglen también la cocina, ¡por supuesto!, le digo, pero esperemos mejor a la Navidad que vuelvo a tener vacaciones. Sí, este último párrafo es mi pesadilla recurrente.
Por otro lado, observo que al verano le han salido algunas caries en las noches y que, al igual que me ocurría en la infancia, siempre que como higos chumbos acabo clavándome alguna espina. Al bixo no le doy porque para atragantarse ya le basta con los calendarios. Es tan sensible.

jueves, 16 de julio de 2009

Bueno, pues tampoco hace tanta calor. Anoche me encontré la rata de la rotonda muerta de un golpe (no sé si era de un golpe de calor o de un desaprensivo, lo cierto es que estaba muerta junto a un destartalado abanico que recreaba una escena de la película Ratatouille).
El verano está siendo tan duro que este año ni mosquitos tenemos. Todos los años encontramos cientos al subirnos en el ascensor, los ves dar vueltas y vueltas durante toda la subida y cuando el ascensor para y abres la puerta en el octavo piso salen todos en tromba (ni siquiera te ceden el paso) y se colocan sobre el quicio de la puerta de entrada a casa mirándote con ojos ensangrentados. Da miedo. Notas cómo se excitan cuando haces sonar las llaves y arrecia el zumbido de sus alas cuando la introduces en la cerradura (la elipsis da pie a una lectura malintencionada, pero no hagamos chistes fáciles). A veces, para engañarlos, llamo a la puerta de la vecina y espero a que abra para entrar corriendo en mi casa, así por lo menos elimino la mitad. Pero la vecina se ha dado cuenta y ya no me abre nunca, ni siquiera cuando me salió ardiendo la cocina, ni cuando me quedé en calzoncillos porque se me cerró la puerta en las narices, ni cuando le robo el felpudo (aquí no hay metáfora ninguna, por supuesto).
El caso es que este año no tenemos mosquitos, pero sigo sin poder dormir porque en la caja de la persiana de mi habitación le ha dado por anidar a una pareja de vencejos (debe de ser una pareja con familia numerosa, o que discute mucho, tal es el escándalo que arman). Llevan tres años veraneando desde junio a septiembre en mi ventana, a pesar de que yo veo muchos apartamentos para vencejos libres en mi barrio, y con mejores vistas. Hay que saber que para los vencejos, como para nosotros, el desayuno es la comida más importante del día, por eso desde las siete menos cuarto de la mañana todos se ponen en marcha y me destrozan los tímpanos con sus gritos y su corretear por la caja de la persiana, que si mamá prepárame el desayuno, que si voy a llegar tarde al trabajo, que dónde está nuestra anilla de cazados. Así hasta las once. Después quedan los pequeñines, solos y sin niñera. Durante toda la siesta hacen un ruido aflautado como cuando uno sorbe de forma continuada caracoles, pero en re sostenido y con el volumen al máximo. Al caer la noche llegan los padres y lo mismo con la cena.
Ustedes dirán, pues por qué no los desaloja... Ni los asustaviejas. He pasado tardes enteras, desde las ocho hasta las once, asomado a la ventana y haciendo aspavientos para que no entraran y solo he conseguido varios picotazos cerca del ojo izquierdo y que tres veces llegaran los bomberos porque alguien pensó que estaba pidiendo socorro. La última solución que he encontrado es meter periódicos enteros en el hueco por donde entran, pero claro, ahora no puedo bajar la persiana, y a las siete menos cuarto empieza a entrar un solazo dentro de mi habitación que casi prefiero a los vencejos. Un desastre.
Por otro lado a la noche aún le quedan algunas estrellas y el bixo tiene la linda costumbre de columpiarse solo en las fugaces, para que yo lo mire cada vez que pido un deseo.
Dios mío, qué sueño.

sábado, 16 de mayo de 2009

Ahora resulta que el coche se estropea, y yo me bajo y levanto el capó y me paso media hora con la cabeza metida en el motor, supongo que buscando una flechita de color rojo que parpadee y me señale dónde está la avería, un tornillo que hay que apretar, un cable que se soltó, a más no llego. Sin embargo, igual que todos los hombres, finjo que sé lo que estoy haciendo, frunzo el ceño, compruebo con la mano derecha que el tapón del agua del limpiaparabrisas está bien cerrado, que el tapón del aceite sigue ahí y que siempre deja una mancha que nunca se quita, muevo un cablecito, giro la cabeza y busco un gato muerto entre el amasijo de hierros, me miro las manos y las sacudo como si las tuviera llenas de grasa, subo al coche e intento arrancarlo, al momento vuelvo a salir para ver que nada ha cambiado, que con el capó abierto no ha salido volando ningún gato muerto.
Mientras espero a la grúa (¿o es que pensaban que esto terminaba de otra manera?) cojo un libro de poemas de Billy Collins y leo uno en el que habla de la mariposa que al batir sus alas desencadena toda una serie de acontecimientos imprevisibles. Me pregunto si esta facultad es solo propia de las mariposas o la avería de mi coche podrá iniciar una serie de actos en cadena que terminen en un sunami o como mínimo en una bombilla fundida. Para asegurarme de que es el comienzo de algo cierro y abro el capó rápidamente (por aquello del paralelismo con las alas de la mariposa).
Como la espera de la grúa ha sido dura y para que esto no vuelva a suceder me he apuntado a un curso de mecánica a distancia. Pero un carburador en la pantalla del ordenador o en un papel no es como en la vida real (ocurre lo mismo con las suegras y con las tortillitas de camarones) y me ha dado por frecuentar los cementerios de automóviles para poder consolidar mi formación (me pregunto qué hubiera sido de mí de haber elegido un curso a distancia de anatomía). En ocasiones siento la tentación de abrir el capó de algún coche sano aparcado en mi barrio (en este caso me arrepiento de no haber elegido el curso de anatomía) y me quedo en las aceras esperando que a alguien no le arranque el motor, y se baje y abra el capó y yo me acerque con aire suficiente y pueda poner en práctica todos mis conocimientos adquiridos.
Entonces la chica (tenía que ser una chica, y además preciosa y con unos muslos del color de los arroyos y una boca como un turbio caramelo) me mira con ojos entregados y pregunta si entiendo de coches. Por supuesto, todo un experto. Me quedo mirando el motor y espero que fluya toda la sabiduría acumulada…, el tapón del agua del limpiaparabrisas, el del aceite…, por favor, intenta arrancarlo...
Cuando después de llamar a un mecánico (¿esperaban otra cosa?) se sabe que el problema era un cable suelto, una tontería, casi nada, y la chica me mira con un cuchillo en los ojos y una burla en la despedida, siento que algo se funde dentro de mí, (una bombilla, quizás) y comprendo que el poeta tenía razón, que yo también tenía razón, que el movimiento de aquel capó de mi coche inició algo, algo que me hará desear que me trague un sunami y que maldiga al destino, a la puta mariposa.
Por otro lado, la vida sigue yendo al ralentí y el bixo está aprendiendo a montar en patinete. Está muy guapo cruzando de aquí para allá como un garabato de palabras hermosas.
Por vuestro bien, nunca crucéis la calle por los pasos de cebra porque hay quien dice que les da el sol a través de unos barrotes.

viernes, 10 de abril de 2009

Me da un coraje. De verdad, me da un coraje. Con lo que me gusta preparar la cena y todas las noches que me toca me pongo malo. Al final tiene que prepararla siempre mi hermana o hay que pedir una pizza. Es curioso, porque me pasa lo mismo cuando toca hacer limpieza en el piso o ir a comprar al Carrefour. Cuando es en el Mercadona, sin embargo, no me pongo malo, y además me paso media tarde arreglándome y eligiendo bien la ropa. No sé muy bien por qué, seguramente por agradecimiento a los buenos precios que tienen…, porque por la exuberante y hermosa cajera que me cobra siempre no va a ser.

De un tiempo a esta parte noto que estoy pasando por una crisis (no económica, que también, aunque esta es otra). Imagino que será por la edad. Recuerdo que la primera crisis por la edad que tuve fue al cumplir los tres años. Entonces había una chica de dos años que se llamaba Ángela de la que estaba locamente enamorado, fue mi primer gran amor. Sin embargo, lo nuestro duró poco. Nos veíamos todos los días, cuando nuestras madres coincidían de camino al mercado y se paraban a charlar de sus cosas. Nos mirábamos tiernamente y succionábamos con avidez nuestros respectivos chupetes mientras intentábamos mantener el equilibrio y no hacernos pis encima. Una vez estuvo en mi casa, aunque no pasó del patio ni dejó de jugar con una tortuga que teníamos a pesar de que yo tiraba de ella para llevarla a mi habitación y que nos revolcásemos juntos en la cuna. La cosa terminó cuando a mi madre se le ocurrió que ya era mayor y debía dejar de ponerme pañales. Ese día, cuando íbamos al mercado, con los nervios se me escapó el pipí justo al ver a la niña, y ella se quedó mirando con aire displicente el hilillo de orín que salía por una pernera de mi pantaloncito e iba empapando el zapato y formando un hermoso charco calentito a mis pies. Ahí acabó todo. Nunca volvió a mirarme. Jamás intercambiamos los chupetes ni los mocos. Un desastre.

Después, a lo largo de mi vida he tenido otras muchas crisis por culpa de la edad, algunas con pipí incluido, pero ninguna como la que estoy pasando ahora. Noto que ya los chupachups no saben igual, los pantalones cortos no me quedan tan bien como antes, cada vez acierto menos con el tirachinas (esto también podría interpretarse como una metáfora de algo). Comienzo a preocuparme porque si esto sigue así creo que hasta empezará a gustarme la cerveza y le daré alguna calada a un cigarrillo. Supongo que eso es lo que llaman hacerse mayor, de ahí a verme con barriguita y calvo no hay nada.

Por otro lado pienso que la crisis económica también debe de estar haciendo bastantes estragos, pues cada vez veo más gente encapuchada por las calles, imagino que para que los acreedores no los reconozcan. Puestos a disfrazarse, a mí siempre me gustó más el de Batman, aunque el del ku klux klan parece que impone más. Eso, o está de moda.

Hoy hace viento de poniente, a mí me da igual pero siempre me pregunté si debajo de las faldas el viento de levante o el de poniente causan los mismos estragos. Al bixo no le importa, porque cuando se pone faldas al viento se le corta la respiración. A mí me pasa lo mismo.

domingo, 1 de marzo de 2009

Tostadas. A ver si me explico. A mí me encanta el olor de las tostadas, pero no porque sea un romántico ni me despierte muerto de hambre, en realidad lo que me gusta es el olor de las tostadas quemadas. No es lo mismo una casa (también puede ser un piso, aunque es menos elegante) que huela a churros ni a galletas ni a cereales ni a barritas energéticas ni a hora y media de gimnasia rítmica y abdominales que una casa que huela a tostadas quemadas. Los primeros cinco minutos después de despertarse son los más importantes del día para cualquier persona (si además tienes resaca o estás en la cárcel también son los más jodidos), las primeras sensaciones que percibamos nos marcarán el humor y el color de la ropa, y el olfato es el primer sentido que se desentumece (los días de resaca justo después del sentido del remordimiento y dios mío qué hice anoche no vuelvo a beber nunca dónde habré aparcado el coche quién es esta que duerme a mi lado de quién coño es esta casa). Para mí es muy bonito oler de pronto a tostadas quemadas porque así tengo la sensación de que nada es perfecto pero todo está muy bien, de que a pesar de que algo no ha salido bien del todo es lindo, incluso mejor que si hubiera sido perfecto (a lo mejor sí voy a ser un romántico). Es igual que cuando la chica que adoras y es divina huele ligeramente a sudor o en la fiesta de tus mejores amigos suena una canción de Alaska. Hay que tener en cuenta el grado de imperfección que ponemos en las tostadas, que es lo que diferencia la elegancia de lo cutre, el día de buen humor o el día para olvidar, porque no es lo mismo si las tostadas están tan requemadas que los vecinos llaman a los bomberos, ni tampoco si la chica que adoras no se lava en una semana y además se tira pedos o si en la fiesta de tus amigos suena durante cuarenta y siete minutos la canción de Paquito el Chocolatero. No es lo mismo.
Por otra parte, mi madre me llama por teléfono y me dice que para cuándo la novia que le prometí (parece que hace tiempo le prometí una novia y cinco nietos, tres que fueran del betis y uno del atlético aviación. También le dije que el mayor sería negro y el menor alérgico a la fotosíntesis, pero ahí ya estaba sereno y no me hizo mucho caso). Yo a veces pienso que estaría bien tener una novia, con brazos y besos y pelo y bragas y discusiones y todo eso que dice la gente que tienen las novias. Lo de tantos nietos ya no estoy tan seguro, aunque sospecho que eso es realmente lo que quiere, porque después, en la vida real, las novias y las madres de los novios no se llevan tan bien. De cualquier modo, como se acerca la primavera y a las madres nunca hay que darles disgustos, me he comprado un traje de novio de mil rayas en Massimo Tutti y todas las tardes, de tres a nueve, me voy a poner en una esquina del centro, a ver si pasa alguna con un vestido que vaya a juego.
Al bixo a lo mejor no le gustan las tostadas quemadas, porque se quema las patitas y le salen las caricias chamuscadas, pero yo siempre le digo que con salivita todo se cura. Es tan lindo.
Dicen que la televisión engorda, y yo no sé quién se atreve a comerse una televisión porque yo, por muy delgado que siga, prefiero prepararme un bocadillo de salami.

sábado, 31 de enero de 2009

¿Qué pasa cuando te comes un yogurt caducado? Pues nada ¿Nada? Tres días malo sin poder salir de la cama, con el estómago como una lavadora puesta en el centrifugado y vomitando hasta la comida de la semana que viene. Claro que mi yogurt estaba caducado desde 2005, era un yogurt Gran Reserva que tenía precisamente reservado para una gran ocasión. La gran ocasión se presentó cuando estaba al borde de la inanición y vi que era lo único que me quedaba en el frigorífico.
Pasados los tres días de cama me dispuse a salir a la calle a comprar más yogures y me encontré en el ascensor con la vecina de enfrente. Todo el mundo sabe que un ascensor es como una caja de zapatos en la que si entran dos o más personas no cabe el silencio, y si cabe está tan incómodo que nos obliga o bien a agachar la cabeza o a levantarla demasiado. Lo que nunca podemos hacer es mirar a la persona que tenemos al lado porque eso debe de estar prohibido. Pues mi ascensor tiene que bajar ocho pisos, son cuarenta y dos segundos que se convierten en siglos si los compartes con la vecina (la vecina de enfrente tiene setenta y dos años, si fuera con la vecina de al lado que tiene veinticinco y una sonrisa que desmaya serían menos). Para no hablar del tiempo que es lo que se hace siempre y para que no se escucharan los gruñidos de mis tripas me puse a contarle cómo habían sido mis últimas diarreas con todo lujo de detalles. Se bajó en el cuarto. El silencio y yo nos quedamos mucho más tranquilos.
Hoy he seguido a un perro. Estaba aburrido en el parque, mirando las hojas caer de los almendros (no sé cómo es un almendro, es una metáfora; tampoco sé cómo es una metáfora, debe ser como un almendro pero con otras hojas) y pasó delante de mí un perro, con sus patas y todo, y lo he seguido. Parece que no, pero la vida de los perros debe de ser muy interesante. Para empezar tienen el cuerpo hacia abajo con lo que les es más fácil tumbarse. Supuse que vagaba sin rumbo fijo y me fui tras él alegremente. Movía el rabo (el perro, claro) y se paraba a cada rato a olisquear los árboles, las farolas, los niños. Torcía las esquinas con agilidad, cruzaba las calles sin mirar. Para mí, acostumbrado a la vida ordenada, ha sido una aventura de lo más emocionante. De vez en cuando volvía la cabeza hacia atrás (el perro) y se me quedaba mirando como si entre él y yo hubiera una cuerda imaginaria.
Después de recorrer media ciudad se ha metido en un callejón sin salida, y yo, confiado, he ido detrás. Me han dado una paliza entre él y un montón de amigos perrunos suyos que han aparecido de repente que todavía no he dejado de llorar.
De vuelta a casa he parado en una carnicería, con el dinero que llevaba el carnicero solo ha podido venderme un hueso. Para colmo, acabo de ver que los yogures que compré están caducados. A ver qué pasa.
El bixo casi no me mira, pero sé que tiene los ojos abiertos porque escucho el ruidito que hace como de beso cuando parpadea. Tengo pena.
Otra vez el cielo tiene las orejas gachas, pero no es un perro porque no levanta la patita cuando mea. Ea.

domingo, 18 de enero de 2009

Se supone que la función principal de una chimenea es la de calentar. Pues no, enciendo la mía a las once de la mañana y son las siete de la tarde y aún me caliento más encendiendo una cerilla. La mía (mi chimenea, digo) lo que hace realmente bien es tiznarme la ropa. Es un rectángulo (mi chimenea, otra vez) hecho en una pared, con un agujero dentro para meter los tronquitos. En ese agujero mi brazo siempre entra perfectamente, pero al sacarlo parece que el rectángulo se hace más pequeño y la manga se choca siempre con una esquina, ya sea la izquierda o la derecha, arriba o abajo; a veces también con la puerta (mi chimenea tiene puerta, necesita intimidad, pero no se cierra con llave). El resultado es un chaleco blanco recién estrenado con una hermosa raya negra en el lugar donde todo el mundo pone los ojos. Podría intentar encenderla con los brazos desnudos pero con el frío que hace me daría tiritera y no acertaría a meter el brazo en el rectángulo. Un desastre.
Por otra parte anoche estaba yo reflexivo y me dio por mirarme la mano izquierda. Estaba sentado en el sofá (el sofá es el mueble donde vivo, de hecho el día más feliz de mi vida será el día que descubra la cocina-sofá, el baño-sofá, el lunes-por-la-mañana-sofá) y me vi la mano izquierda elegante. Últimamente solo me veo elegante las pestañas postizas, así que me sorprendió el hecho. Movía la mano hacia un lado y era elegante, la cerraba y era elegante, señalaba con el dedo y era elegante, probé a hurgarme la nariz con ella y era elegante. Hice lo mismo con la mano derecha y fue horrible, como si perteneciera a otro, un monstruo. No lo entiendo, porque las dos tienen más o menos lo mismo: cinco dedos, aunque dispuestos de forma contraria, algunas uñas, mi futuro marcado en la palma (a lo mejor tiene que ver con eso, porque en la derecha hay una línea rota). Esto me crea ciertos problemas de identidad, porque ahora no sé cuál es la mía, si la izquierda o la derecha (yo tengo mis sospechas pero quiero ser optimista). Como esta mañana sigo reflexivo las estoy observando y me doy cuenta de que la mayoría de las veces lo que hace una lo deshace la otra: si una quiere llamar por teléfono la otra cuelga e intenta mandar un mensaje; si una vierte la leche en el tazón la otra la derrama; la culpa del zapping (¿se escribe así?) es de mis manos, una quiere ver House y la otra (qué antigua) La casa de la pradera; una acaricia y otra abofetea (imagínate qué plan, en una cita con la mano derecha pegada al bolsillo con loctite); una conduce y la otra mete las marchas (ah, eso creo que es normal). Para lo único que se ponen de acuerdo es para ir al servicio: las dos quieren hacer lo mismo, justamente para lo único que no las necesito a las dos, porque desgraciadamente con una tengo más que suficiente. Estoy preocupado (por lo de las manos, digo), aunque de momento no he decidido cuál debería amputar.
Al bixo le gusta el sol, y cuando lo miro de noche lo hago con una de esas linternitas con pilas que no se gastan, pero sin rayos ultravioleta.
Hoy voy a ser bueno y prometo no mirar dentro de las casas ajenas buscando telarañas.

domingo, 11 de enero de 2009

No quiero ser impertinente, pero por las noches paso frío. Hay quien se queja de que el agua de la ducha no le sale con la suficiente presión, hay quien se queja de que en la tostadora no le caben los molletes (me refiero al pan, no creo que alguien intente meter la cara). Yo me quejo de que por las noches paso frío. Además, el agua de la ducha no me sale con presión y no me caben en la tostadora los molletes (ya saben cuáles).
Duermo con tres mantas, quiero decir que me tapo con ellas, no que las acueste a mi lado y les susurre cosas al oído; en ese caso tendría sentido que pasara frío. Bien, me tapo con ellas de manera que casi no puedo respirar. ¿Cuánto pesa una manta? No lo sé, pero tres pesan mucho, hasta el punto de que no puedo darme la vuelta en la cama, como caigo me quedo. El proceso es el siguiente: entro en la habitación (porque la cama está en una habitación, no soy tan raro) con el teléfono móvil; deposito el móvil en la mesilla de noche y echo hacia atrás la primera manta, después la segunda y por último la tercera; sábanas también tengo pero ya se levantan solas. Acto seguido me meto en la cama, me tapo con las sábanas (eso no lo han aprendido), me cubro con la primera manta, después con la segunda y después con la tercera. Si tengo que levantarme a mear por la noche (otro día hablaré de mi próstata) llamo a urgencias; si tengo que levantarme a coger un libro porque no me duermo llamo a urgencias; si tengo que levantarme para ir al trabajo (es un decir) llamo a urgencias, les digo que estoy enfermo, pido un justificante médico y sigo durmiendo. Entenderán que así nunca haga la cama, claro, supone un esfuerzo terrible. Para hacer el amor espero a que llegue la primavera o el verano, aunque da mucho coraje porque los planes atractivos, sólo para fastidiar, siempre aparecen en invierno, será por la necesidad de calor. Ligas un sábado (también puedes ligar un martes, pero estarás sereno y eso siempre acaba en matrimonio; o te emborrachas también los martes, en ese caso no te casarás pero acabarás alcohólico, tú eliges) y al salir de la discoteca le dices que hasta luego, que se espere tres o cuatro meses, que te dé el teléfono que ya llamarás. A ver qué pasa. En una ocasión intenté hacer el amor (primero intenté follar) en invierno y fue divertido; no quiero dar detalles pero es cuestión de práctica. O entra a la primera, antes de taparte con las tres mantas, o no entra. Y cuando entra ya no sale, olvídate de movimientos circulares o diagonales o pendulares (¿hay tantos?) o cambiar de postura porque no puedes. Si quieres salir de ahí, llamas a urgencias.
Otro día hablaré de lo que ocurre cuando me ducho (es un decir), de lo lindo que está el bixo cuando enseña las patitas o de los extraterrestres. Lo que quería decir hoy es que, aún durmiendo con tres mantas, paso frío por las noches. Era nada más que eso.

lunes, 5 de enero de 2009

Cuál es la diferencia entre intentar respirar dentro del agua o aguantar la respiración fuera. Pregunta que me viene a la cabeza a las tres de la mañana, cuando las personas normales duermen o ven películas porno o, los más afortunados, practican el sexo con cualquier desconocido, (o hacen las tres cosas a la vez, los viciosos), harto de dar vueltas en la cama sin encontrar el garbanzo que no me deja dormir. Cuál es la puñetera diferencia. Pues así hasta las cinco.
Como no me ha sucedido nada interesante voy a contar cómo será el día en que me roben. Ese día será viernes y será seguramente después de un jueves. Serán dos los ladrones y, por supuesto, yo no albergaré ninguna sospecha de que me van a robar (si lo hiciera, además de adivino, sería gilipollas por no huir a tiempo).
Me van a dar un susto de muerte. Es el momento que nunca se olvida, el susto, porque siempre pensamos en la cara de idiota que se nos pone y en que una foto en ese instante haría que hasta tu propia madre te negase. Bien, les haré frente y diré: “si tuviera un machete sería una persona con machete” (no sirve de nada pero siempre he querido decir esa frase cuando me atraquen, me hace ilusión). Me pedirán el dinero en un idioma que desconozco (hay muchos) mientras uno de ellos empuñará una navaja de barbero (será un robo chapado a la antigua, un pelín clásico, diría yo, aunque me dejarán bien afeitado). Haré caso a la navaja y le daré veinticinco euros, el móvil, un cupón de descuento en un sex shop, la tarjeta del bonobús y una foto tamaño carnet de mi hermana, ya que mi madre dice que a la niña hay que casarla antes de que se le pase el arroz. Pues eso.
Visto así, hay que pensar que un robo no tiene nada de heroico. Hay quien se enfrenta a los ladrones y se muere; hay quien se muere antes de enfrentarse a los ladrones; hay quienes, como yo, esperan treinta y cinco minutos a que dejen de temblarle la voz y las piernas para ir a una comisaría y decirle llorando al de la puerta que llamen a mi madre, que soy chico y me he perdido, y que traiga de nuevo los pañales. Así será.
Mi vecina de abajo ha venido a pedirme que por favor haga un poco más de ruido en mi piso. Dice que saben que vivo arriba y cuando pasan dos días sin escucharme creen que estoy muerto, que me he caído en la bañera o algo así y se preocupan. Le he dicho que a partir de ahora, de tres a siete de la tarde, me pondré tacones.
Los días son tan cortos todavía que andan en tacataca. Echo tanto de menos al bixo que tengo que ponerme chupe para dejar de llorar.
La diferencia es, por cierto, que en el primer caso acabas mojado. Una revelación.

viernes, 2 de enero de 2009

He conseguido estar sesenta y tres horas sin hablar con nadie. Ha sido duro, aunque he de reconocer que ayudó mucho el que tampoco nadie haya intentado hablar conmigo. El truco está en contarle a los objetos inanimados (¿hay alguno animado?) los pensamientos trascendentales que te vienen a la cabeza: me estoy meando, no sé qué voy a cenar hoy, debería haber cambiado las sábanas de la cama, llueve… Nunca te contestan ni te solucionan los problemas, que es justamente lo mismo que hace la mayoría de las personas, pero al menos no se van. (Si lo hicieran, si te contestaran o se fuesen, es cuando habría que empezar a preocuparse y llamar a alguien animado. No a un psiquiatra, mejor a alguien animado).
Por cierto, aquí llueve desde que tengo uso de razón. Llueve como hacen el amor algunos matrimonios: de forma intermitente y con desgana. Llevo varios días intentando hacer algo de deporte y tengo que agradecer a esta bendita lluvia que no me deje. Entre el sonido de la cisterna y el sonido de la lluvia bastante hago con levantar la tapa del wáter. Ahora vengo.
Eso sí, me entretengo mucho viendo la rata que vive en la glorieta (rotonda) que hay junto a mi casa. Admiro mucho a esa rata porque se ha ido a vivir a una isla desierta. Cada día, cuando va al trabajo, vive una auténtica aventura para cruzar la calle (los coches no respetan los pasos de cebra para ratas). Pero al regreso, cuando llega a casa después de una dura jornada y se sienta a contemplar el vasto dominio redondo que es su isla, con su palmera, sus cinco cactus, tres piedras y cuatro señales de dirección obligatoria y ceda el paso, debe sentirse recompensada. Por muy bien que las otras hayan decorado allá abajo las alcantarillas.
Pero basta ya de hablar de mí. El bixo no da señales de vida y el nuevo año parece una novia que se ha caído en un charco. La luna no sale ¿habrá caducado?
Me estoy meando.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Bien. Inicio este diario cuando son las nueve cuarenta y seis de la noche y el ruido de la cisterna en mi cuarto de baño me obliga a ir a mear cada cinco minutos.
Esta mañana he ido a visitar a mi abuela (que es mayor que yo) y no me ha reconocido. Solo hacía quince años que no iba a verla, así que supongo que la edad le está jugando una mala pasada. Estaba muy preocupada porque el canario le ha cogido hongos. Sospecha del canario de la vecina de arriba aunque no sé cómo puede transmitírselos si nunca lo sacan de la jaula. A lo mejor por el aire, cuando canta.
Hoy es el último día del año y como siempre he hecho un repaso mental de todo lo nuevo que me ha sucedido; he tardado unos veinte segundos. Pasa lo mismo que cuando tienes una agenda y llegas al final y la repasas y ves que no has escrito casi nada y te dices: para eso no necesito yo una agenda. Te quedan las ganas de rellenar las páginas en blanco: 7 de marzo: desayuno con Z, salir a bailar con Y; 28 de junio: arreglar el aire acondicionado, atropellar a un perro… Lo que ocurre es que con la vida eso no se puede hacer y te tienes que joder con todas las páginas en blanco que hay.
Por lo demás, me acuerdo todos los días del bixo y sigo sin limpiar el cuarto de baño. Empiezan a salir unas manchas extrañas en el lugar donde antes había un lavabo. Estoy esperando que se muevan para asustarme.
El sol aún no calienta, debe de ser que aún no le han traído la bombona de butano.

 
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