La pecera

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Se posa como un anillo en el agua.
Desde el cristal (una frontera invisible
o el frío que sucede después de un despertar
lejano), los mira arrebatados, besándose,
bebiéndose la sed y un poco a oscuras.

En la esquina un gabán parece dormido
y frota con un dedo que no existe
las gotas de lluvia que empiezan a secarse.

Llegan las palabras como espejos deformes,
y entre ellas, el silencio es un camino
con los ojos cerrados, la línea imaginaria
que trazan a veces los puntos suspensivos.

Dentro del agua el silencio se hace marítimo,
verdades calladas.

Así puede verlos y oírlos sin reparar apenas
en las piedras artificiales, en un barco duro
que yace en el fondo del agua como un zapato.

Después, cuando ya se han ido y la casa
es un cadáver que dormita, cuando se desperezan
los muebles y corrigen sus posturas,

queda junto al cristal moviéndose en el brillo.
Igual que el humo, quiebra curvas invisibles
que duran lo mismo que palomas blancas,
un instante de serpentina en la casa vacía.

Desde aquí tiene todo una mirada de gafas blandas,
también las plantas artificiales, inútiles adornos
que juegan caprichosamente a su modo.

El aire, con un sabor a tabaco mojado,
le duele porque no es suyo, colmado de un perfume
que reposa en el sofá, desnudo de la piel
y del vértigo del sudor en el dormitorio.

Le duelen los fantasmas que hay tras el cristal,
tras cada puerta pues las puertas solo sirven
para guardar el miedo.

Más tarde, el gabán ya plegado en un sueño
inquieto, desde el agua (como un frasco de mar
con ola dentro) los ve regresar cansados,
besándose con la sed de los náufragos,
mordiendo la soledad pegada en la luz
de las lámparas.

El tiempo, desde este lugar, es un impermeable
con arrugas. Sucede con distancia
porque busca siempre cuerpos desprevenidos,
entregados a la tarea de no ser solo recuerdos.

Pero desde el agua, desde los ojos también,
los relojes parecen recipientes vacíos
y el amanecer una postal en blanco y negro.

Los ve dormir aunque no pueden dormir,
tocándose aún con la soledad que los arrastra,
desnudos pero no del todo. Respirando
porque también algunos peces respiran.

Hay un poco de escarcha en el borde
de la pecera, pero no son lágrimas.

6 comentarios:

Elevalunas Ecléctico dijo...

Te habrás quedado a gusto. Hay que ver lo que tenía guardado esa cabecita.

Ariam Ram dijo...

Vaya... Me quedé impresionada y muy pensativa, quizás hayamos vivido así muchas veces... Reflexionando, cada párrafo es un mundo entero.

Me gustó muchísimo.

Encantada,

Mar.

P.D.: Se me olvidó hasta el pollo de Oklahoma... Acabo de acordarme al ver a Elevalunas...

Ana dijo...

Me ha gustado, y es cierto que hace pensar. A pesar de tantas palabras todo sigue siendo tan silencioso...

Ana dijo...

Una cosa más, ¿Envidia o deseo?, ¿Del pez?

X dijo...

Ana,con ese comentario es como pretender volver al principio ("Eva al desnudo"). Y son bonitos los principios. Tal vez los amantes del poema se encuentren en esa etapa.

Ana dijo...

Interesante,X. La envidia es fácil, el deseo es menos claro, por no tener o por el objeto en sí. Dudo que los peces contesten.
Ingenua si quieres, pero para empezar y aún más para volver a hacerlo, ¿No haría falta algo más?

 
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